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TERREMOTO EN SAN JUAN

 
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Alejandra Correas Vázquez






Registrado: 20 Sep 2011
Mensajes: 58




MensajePublicado: Vie Sep 23, 2011 6:48 pm    Asunto: TERREMOTO EN SAN JUAN Responder citando

TERREMOTO EN SAN JUAN
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por Alejandra Correas Vázquez



Fue pocas horas antes del trágico sismo, cuando partió con destino a la ciudad cuyana, el último tren del día desde la estación de Alta Córdoba. El barrancal rojizo frente al Puente Centenario (que se hallaba a tres cuadras de distancia) en mayor nivel que toda otra sección de la ciudad fundada por Don Jerónimo, sufrió el impacto del terremoto.

San Juan 1944. Argentina. Ciudad colonial coqueta de políticos fuertes y tradiciones álgidas. Ciudad fundada por chilenos y convertida más tarde en ciudad argentina, por la demarcación de las altas cumbres andinas. Ciudad arrasada. La onda expansiva alcanzó a toda la República Argentina en ese 15 de enero de 1944, siendo la provincia de Córdoba una de las principales damnificadas. En varios lugares de la misma Docta (sobrenombre de Córdoba) creyóse en un primer momento, que el terremoto había sido local. Pues es una provincia sísmica, donde la ciudad de Sampacho (al sur provincial, pequeña ciudad pero importante en ganadería) a comienzos del siglo XX, por un terremoto había dejado de existir.

Alta Córdoba sería la zona más afectada. Un temblor increíble apoderóse de aquella mítica “Bajada del Negrito Muerto”, el barrancal rojizo que ornamentaba al Puente Centenario. La casas de dos plantas recientemente construidas con arquitectura elegante, en una parte del mismo (Barrio Cofico), se balancearon como hamacas. Y debido al subsuelo gredoso, demoraron muchos años en superar los daños edilicios.

La greda desmoronóse en la barranca aún subsistente junto al Río Suquía (que atraviesa la ciudad cordobesa) destruyendo ranchos de adobe y cal, pero sin ocasionar mayores males, puesto que a esa hora de la Oración los niños orilleros jugaban en el escenario agreste. Fuera de algunos desmoronamientos que asustaron a los más pequeños, y otros niños que quedaron cubiertos por la liviana greda roja —saliendo de ella sin esfuerzo— el resto no pasó a mayores.

Las mujeres criollas de la Bajada del Negrito Muerto lavaban en aquel enero a la orilla del río, cerca de los faroles del puente (pues carecían en su rancherío de luz eléctrica). O mateaban en las puertas de sus ranchos las ancianas, rezando su rosario de la tarde. El anochecer tibio y claro de aquel verano, permitió la ausencia de casi todos esos habitantes barrancales, en el interior de sus rústicas moradas. No hubo víctimas que se recordaran.

Como sucede en las poblaciones sin luz eléctrica y bajo la presión del verano, esa hora de la Oración era usada por los habitantes clásicos de la barranca para admirar la puesta del sol —particularmente colorida en aquel escenario— o para aspirar el fresco cordobés de final del día.

Pero esa misma tarde las familias barranqueras habían despedido en los andenes del tren a sus maridos, padres y hermanos, quienes dirigíanse hacia la Vendimia de Cuyo en su trabajo anual, como peones de viñedos y preparación de mosto. Y por tanto a San Juan y Mendoza, las provincias productoras de uva y a la par bodegueras. Prácticamente sólo mujeres y niños quedaban ahora en la Bajada del Negrito Muerto.

Eran mujeres que quedarían sin maridos, hijos sin padres, hermanos sin hermanas ... Debido a un tren que fue sacudido en pleno viaje y retenido en medio del descampado antes de entrar en Mendoza. Un tren que no llegaría a San Juan, sino varios días después. Olvidado en medio del camino como la frase dice “entre pampa y la vía”. Un tren que iba a pernoctar por días en el descampado, hasta que le permitiesen el ingreso a la ciudad destruida.

Los hombres de la Bajada de Alta Córdoba habían ido allí para un trabajo rutinario, el mismo que hacían todos los años en la misma fecha. Y se encontraron con un trabajo especial. Un trabajo muy diferente al habitual ...¡El salvatage a los sobrevivientes de San Juan!... Un trabajo donde eran necesarios de urgencia muchísimos brazos. Fuertes. Vigorosos.

Eran necesarios nuevos habitantes para repoblar (pues toda la provincia sanjuanina tuvo víctimas debido a la gran onda expansiva), para remover escombros, para rescatar sobrevivientes, para defender los restos sanjuaninos del pillaje, para levantar viviendas de emergencia, para cremar cadáveres, para combatir la epidemia de rabia desatada... Y nunca más volvieron.

El ferrocarril de Alta Córdoba comenzó a abrirse al arribo de numerosos refugiados compuestos por mujeres y niños, ya que los hombres de cualquier clase social con pico y pala levantaban escombros, a fin de hallar sobrevivientes que aún gemían debajo de ellos. Abuelas y abuelos a quienes debe pedírseles menos esfuerzos. Niños y niñas enviados por sus padres a falta de techo, hacia los internados religiosos que debieron abrirse para ellos en plenas vacaciones, por ser la forma más directa de darles alojamiento colectivo. Ya fuesen católicos o no.

Las familias de Córdoba con amistades en San Juan —que para estas fechas estaban de veraneo en las sierras— abrieron sus casas ciudadanas para alojarlas. Todas estaban sin techo. Llegaban algunas damas muy educadas con sus vestidos sucios y raídos, acompañadas de siete u ocho niñas muy finas pero mal vestidas (después de semanas sin cambio de ropa ni agua corriente) declarándolas a todas ellas como sobrinas o hijas, a fin de viajar, pues los pasajes del tren estaban muy restringidos.

Heridos y lisiados graves llegaban en camilla rumbo al Hospital de Clínicas. También arribaban mensajeros en busca de medicamentos y víveres. Córdoba se pobló en pleno enero —cuando habitualmente se despuebla por ser el pico del verano— por una segunda ciudadanía, mientras se construían allá las casas de emergencia. La provincia de Córdoba era la más indicada por su proximidad a San Juan, con mayores recursos de asistencia, especialmente médica.

Aquellos estudiantes cuyanos (Cuyo se denomina la zona formada por las provincias de Mendoza, San Juan y San Luis, antaño pertenecientes a Chile) de medicina e ingeniería a punto de recibirse, tuvieron mesas especiales para rendir en la Universidad de Córdoba, a fin de que retornasen pronto como profesionales a una tierra natal que los reclamaba. A la inversa, los nuevos estudiantes sanjuaninos a quienes les resultó difícil en adelante regresar con sus familias, ahora sin techo, terminaron por radicarse definitivamente en esta Córdoba, que había significado para ellos algo más que una profesión universitaria... un Hogar.

De regreso los vagones del tren, que traía refugiados, se llenaban en la Estación de Alta Córdoba con voluntarios destinados al salvatage. Y en el intercambio, continuaron emigrando los rezagados que aún quedaban en la Bajada del Negrito Muerto.

Al crecer sus huerfanitos —que eran de hecho y no de derecho— fueron en su busca. Porque esta situación especial les creó muchos problemas... Y tampoco volvieron.

La Bajada del Negrito Muerto se despobló de esta manera, a raíz del terremoto de San Juan, antes de terminar de ser edificada por el Barrio Residencial céntrico que hoy la ocupa (Barrio Cofico, una perla edilicia) cuando las barrancas de Córdoba aún mostraba su hechizo ornamental. Y fue cubierta por la ciudad, primero que ninguna otra. Un extraño sortilegio unió los dos acontecimientos simultáneos. Como una magia. Como un designio ... Se acabaron juntos.

Porque el nuevo San Juan (reedificado con estilo moderno) ya no sería nunca más aquella reliquia de estilo colonial, edificada por los chilenos cuatro siglos antes. Y la “Bajada del Negrito Muerto”, donde se refugiaran los últimos mulatos sin trabajo (esclavos ya liberados por la ley de “libertad de vientre”) y los aindiados norteños, los cuales también quedaban residiendo allí por ser peones desocupados, conformando en conjunto una población especial ... Esa Barrancas rojiza olvidaría por completo en el futuro, a sus folclóricos habitantes de antaño.

¡Barranca misteriosa! ... plagada de rituales con connotaciones extrañas a la ciudad universitaria de Córdoba, que era su escenario. Gredosa, mítica y fantasmal. Temible para el citadino, por todo aquello que poseía de alucinante. Sobreviviente en el cinturón de una Docta Córdoba erudita y racionalista, totalmente universitaria. Allí, donde la lógica concluía y daba cabida a un mundo hoy día llamado parapsicológico. Pero que murió antes de que esta ciencia fuese aceptada por los cenáculos cordobeses.

Como símbolo presente de esta extraña Bajada del Negrito Muerto, como designio de fuerzas sobrenaturales, como un llamado de ancestrales raíces del misterio ... Concluyeron juntos los dos escenarios de antiguo pasado.

Porque el San Juan restaurado no sería ya nunca más, aquel histórico y colonial donde vieran la primera luz Laprida, Sarmiento y Santa María de Oro. Narciso Laprida, el presidente del Congreso de Tucumán que declaró la independencia argentina (1816). Domingo Faustino Sarmiento, el presidente argentino que creó la escuela pública, laica y gratuita para todos los argentinos en el siglo XIX. Fray Santa María de Oro, uno de los primeros mentores de la nacionalidad.

Y la barranca, árida y gredosa, roja y escultural, iluminada de noche por misteriosas procesiones de antorchas donde el paganismo vernáculo en confluencia con ritos africanos, entrelazábase con la mística católica en un fuerte sincretismo. Esa barranca convertida ahora en la zona elegante de Barrio Cofico, de perfumados jardines y frentes coquetos, olvidaría por completo a sus pintorescos habitantes de antaño.

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