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UNIVERSITAS CORDUBENSIS TUCUMANAE

 
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Alejandra Correas Vázquez






Registrado: 20 Sep 2011
Mensajes: 58




MensajePublicado: Mar Dic 20, 2011 11:07 pm    Asunto: UNIVERSITAS CORDUBENSIS TUCUMANAE Responder citando

UNIVERSITAS CORDUBENSIS TUCUMANAE
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(Estampa Colonial)

por Alejandra Correas Vázquez


1 — EL NUEVO ESCRIBIENTE
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La reja del Colegio Mayor describía arabescos a través de los cuales el cielo formaba dibujos con tonos celestes, en variados matices. Sabino siguió caminando por los corredores interiores, con formas de arcadas, cuyos faroles encendidos suplantaban al brillo del sol.

El mulatillo quiso que sus pasos fuesen más silenciosos al llegar a la cámara donde el Padre Hans lo estaba esperando. Junto a él, quien estaba siempre ensimismado en sus libros, hallábanse el Padre Paulo y el Padre Pierre revisando voluminosos tomos. Estaban tan concentrados en sus estudios que ninguno de ellos advirtió la llegada de Sabino con otro volumen bajo el brazo.

—“¡Podríamos haber esperado hasta el día del Juicio!... Cuántas demoras ocasionas, pequeño. Espero que al menos me entregues esta noche los ejercicios de caligrafía que te he encargado”— le dijo con adustez el Padre Hans

Cuando el mulatillo se hubo retirado, comentóle a los otros dos Jesuitas que estaban con él:

—“Es mi nuevo ayudante. Mi futuro escribiente. Me ha sido traído como agradecimiento por dos ex discípulos míos ¡Con grandes alabanzas sobre su talento! Pero aún debo corregirle ciertos defectos de caligrafía”.

—“Es bueno tener antiguos alumnos que sepan reconocer al profesor”— opinó el Padre Paulo

—“Mis antiguos discípulos, Don Orencio y Don Eudoro, se han despedido de él con algo de tristeza. Mas gozosos de que pueda servirme... Pues mi viejo calígrafo Teo sufre de una vista cansada”— continuó explicando el Padre Hans

—“Es el fin en la aventura de todos los calígrafos”— le contestó el Padre Pierre

Sabino, en tanto, recorría toda la extensa Universitas Cordubensis Tucumanae (Universidad de Córdoba del Tucumán, nombre aún vigente), como un escenario misterioso que pronto iba a ser totalmente suyo. Fue aprendiendo todos los días a hacer silencio con sus pasos, como si los pies borrasen las demás huellas. Supo en poco tiempo mirar sin volver el rostro. Escuchar y no repetir a nadie, conversaciones oídas por los pasillos. No molestar a los alumnos internos... ¡Y trabajar muchas horas en caligrafía!

Se iba acostumbrando de a poco, y pausadamente, al trato mesurado de aquellos Jesuitas flamencos que, con excepción de algunos como el Padre Paulo de origen lusitano, habitaban en su mayoría en aquel recinto universitario. Tan distinto a la Merced campesina de donde él procedía.

El suyo, el propio, el Padre Hans, era extremadamente formal. Pero llegó a amarlo. A veces a temerle. Al menos a respetarlo en principio —aún de su rigidez y dureza— como otrora lo hicieran Don Orencio y Don Baudilio. Eso les diría cuando volviera a encontrarse con ellos, pues estaba seguro que iban a extrañarlo y vendrían a visitarlo.

2 — SABINO
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Sabino deseó intensamente hallarse en ese lugar, llorando por llegar allí en brazos de su abuela Fedora. Y ahora en verdad estaba un poco asustado. Fedora había intercedido por él, y sus amos, los gemelos que ella amamantara —Orencio y Eudoro— cedieron finalmente a Sabino, llevándolo de la mano hacia el Padre Hans.

Consentido desde siempre, mimado, había nacido en una casona de una vieja Merced con casi dos siglos de existencia, donde no lo necesitaban para ninguna tarea. Pues esta propiedad campesina contenía más personal, que propietarios. Habíase transformado de este modo casi en la mascota de esos dos gemelos encomenderos, cuyas familias reales vivían permanentemente en el Alto Perú, adonde habíanse desposado. Sabino era el hijo de ambos, sin serlo.

Comía con ellos en la gran mesa del amplio comedor, ocupando el lugar del medio. Los gemelos reían con sus gracias y exigían para él los más ricos postres. Mientras que el mulatón Remo, quien era ahora el cochero de la Merced y fuera antaño el hermano de leche de los dos hermanos, como padre legítimo de Sabino montaba en cólera. Pues el mulatillo dejaba de obedecerle cuando Orencio y Eudoro estaban en la casa.

“Como el ojo del amo engorda el ganado”, ambos gemelos debían hacer viajes intermitentes entre el Tucumán y el Alto Perú, para controlar la rica producción agropecuaria que habían heredado. Pues tampoco podían desatender a sus familias. Sus esposas, que eran dos elegantes damas chuquisaqueñas, se negaron desde el comienzo a abandonar esa alta sociedad, prefiriendo llegar hasta la Merced solamente en tiempos de verano. Es conocida la belleza cordobesa en ese período anual desde enero a marzo.

Sabino tenía la edad de Sonia, hija de Orencio, y de Andrónico, hijo de Eudoro. Los cuales en el próximo viaje de veraneo a la Merced, iban a reclamar por él. El mulatillo gozaba de antemano con esta nostalgia que haría pasar a sus amigos, quienes como citadinos siempre lo necesitaban para montar a caballo, o bañarse en las ollas mansas del arroyo, como su guía especial.

Pero era también su venganza, pues en el verano último Andrónico fue de viaje a Lima con su abuelo y sólo llegó a la Merced a finales de febrero. No había creído nunca el mulatillo que Lima fuese algo real, alcanzable, de modo que el viaje de su amigo hacia allá habíalo perturbado. Había sentido muchos celos de aquella Lima algo mágica y tantas veces nombrada ¡La capital virreinal!

Pero ahora Sabino daba vueltas a todo. El se encontraba radicado en la ciudad de Córdoba del Tucumán, dentro de sus recintos universitarios y comenzando a convertirse en el brazo derecho de un Jesuita flamenco. Enigmático. Silente. Sumergido en volúmenes... Y él, Sabino, sería su calígrafo ocupando el lugar del mentado Teo.

3 — TEO
..........

Teo estaba muy débil, muy viejo. No podía notarse su palidez dentro de su obscura piel de angola, pero sus ojos de carbón ya no brillaban. Meneaba un poco la cabeza cuando el Padre Hans le inquiría sobre los progresos de Sabino.

—“No me gusta enseñar a niños de los montes”— quejábase el viejo escribiente ya casi liberado de tareas

—“Traen mucha fuerza”— opinaba el Jesuita

—“Es posible, Padre Hans, pero yo nací aquí entre calles ciudadanas junto al Calicanto... Por ello no me gustan. Son como el colibrí”.

—“Necesito tu paciencia”.

—“La mía la tendrá, recuerde siempre que yo soy un citadino y tengo disciplina, pero no sé si tendrá la del monte”.

—“El monte tiene fuerza”— volvió a insistirle el Padre Hans

La tensión entre ambos mulatos iba a durar todo el tiempo que estuviesen juntos. El viejo Teo tampoco había querido a los gemelos Orencio y Eudoro cuando fueran internos del Colegio Mayor. En aquel tiempo él era para el Padre Hans, un bedel insobornable. Siempre estuvo al lado suyo y cubría sus necesidades más que el Jesuita mismo.

Guardaba sus volúmenes, sus escritos y sus plumas. Lo llevaba a su celda cuando amanecía dormido sobre las mesas de trabajo. Ahora ya no eran tan jóvenes ninguno de los dos y Teo veía con malos ojos, que un selvático mulatillo se encargase del Padre Hans en el futuro. Le parecía insufrible que éste llegara a convertirse, en cambio, en un padrino del jovenzuelo indisciplinado.

—“Tiene líneas elegantes con la pluma”— le advertía el Jesuita

—“Pero gotea tinta en los pliegos”— contestábale Teo

—“Ya se ha acostumbrado en corto tiempo a leer con lámparas. Podrá interpretar dentro de poco mis apuntes”— se ilusionaba el Padre Hans

—“Fija su atención en cuatro palabras y ya pasa a la frase siguiente. De flor en flor. Es como el colibrí”— insistía Teo

Sabino encontraba más ternura en el Padre Paulo, el lusitano. Sus romanzas acompañaron al muchachito en las horas libres, y solían ambos recorrer el Calicanto con cierta nostalgia de los campos. Pero ternura siempre tuvo de sobra en su vida, y era tan natural para él, que la valoraba menos, que a la tiranía de Teo. Pues permanentemente sentíase acosado con temor, por el despotismo del viejo mulato.

—“Escúchalo”— decíale el Padre Hans —“Conoce esta casa más aún que nosotros. Ha vivido en ella antes que yo mismo naciera... tan lejos de aquí”.

Sabino se serenaba. Se esforzaba. El Padre Hans presentó al Rector sus primeras pruebas y saldría estimulado de ellas. Así comenzó su tarea de copista. Su orgullo no cayó en la vanidad, pues Teo se lo hubiera prohibido.

El Padre Paulo lo paseaba por las tardes, o más vale, era Sabino quien continuaba acompañándolo en sus paseos y en sus romanzas. El Padre Pierre seguía sin hablarle. Nunca le dijo una palabra. No llegó a enterarse de sus opiniones personalmente, pero pudo observar que le fijaba la vista en forma detenida y creyó ser el objeto de los diálogos de éste con el Rector.

Pues Sabino siempre imaginaba ser el centro de atención de los demás. Lo había creído desde el nacimiento. Desde el momento cuando su abuela Fedora lo instalara en la mesa con los dos gemelos —demasiado solos en la vieja Merced— y que reían siempre con él.

—“El progreso se ha hecho evidente. Tu tenacidad fue mayor que su descuido”— comentó a Teo, muy entusiasmado el Padre Hans

—“No lo creo. Cuando Orencio y Eudoro estaban aquí internados yo no podía bajarlos del campanario. Aquellos gemelos infernales ¡que Jesucristo no los traiga de regreso! (persignóse) no pueden haberle transmitido una buena crianza. Ni mis amenazas, ni mi hebilla del cinto, asustaron a esos diablos ...¡Y al fin partieron!... Pero los devolvimos mucho más calmos, eso es cierto"— comentó Teo

—“Ya son hombres y nos han confiado a Sabino”.

—“Para que yo no me olvide de ello y no tenga nunca una vejez pacífica”— refunfuñó nuevamente

4 — FELIZ EN LA AZOTEA
..........................

Aunque el carácter de Teo hubiera empeorado con la presencia de Sabino, el Padre Has sentíase reconfortado por haber logrado para él, una actividad que en el fondo siempre le satisfizo al viejo mulato : Dar órdenes.

A pesar de su ancianidad, todos los estudiantes internos guardaban compostura ante él y por momentos lo consultaban. Antaño había sido una suma de poderes dentro del Colegio Mayor, como jefe de bedeles, portero portador de todas las llaves, y su escribiente personal de hermosa caligrafía. El Jesuita le estaba muy agradecido, y a él le debía gran parte de las felicitaciones que el flamenco recibía desde Lovaina, cuando sus trabajos llegaban hasta allá.

El viejo mulato parecía recuperarse de su vida, ahora vacía, con esta nueva responsabilidad de educar al mulatillo campesino. Pero Sabino, una vez que comenzó su tarea real de calígrafo luego de ser aprobado por el Rector, buscó la forma de escabullirle con elegancia.

Conocía las dificultades de caminar del anciano angola, quien había entumecido sus piernas con la gordura y su inactividad física, al pasar parte de su vida sentado entre tintero y plumas. Además, era hijo de las calles empedradas con muy poco movimiento en una vida entera. En su tiempo de esplendor daba órdenes a los demás mulatos, enviándolos como mensajeros de la Universidad, pero él siempre goloso y sedentario.

De este modo, haciendo uso de su picardía campesina, el mulatillo solicitó un cuarto en la azotea a fin de “encontrarse más tranquilo para el trabajo meticuloso que él debía hacer como calígrafo”... Y como la tranquilidad cautivaba a todos los Jesuitas en aquella Universitas Cordubensis Tucumanae, hallaron muy justo el pedido. Ahora de este modo, él quedaba libre de la vigilancia de Teo, imposibilitado de subir hasta allí.

Sabino contemplaba desde arriba los patios. Las celdas. Los jóvenes internos, futuros bachilleres. Luego descendía cuando todo estaba en silencio, en horas vacías y sin clases, cuando los Jesuitas y sus discípulos almorzaban o salían de paseo por las calles cordobesas en sus descansos. En esos momentos todo el edificio de piedra era para él solo. Y deambulaba por los largos corredores de grandes arcadas que parecieran enmarcarlo en una suntuosidad de espacio y tiempo.

Esas arcadas lo fascinaban con su espíritu a memoria antigua, quizás más antigua que su propia edificación. Cuando los pupilos invadían los patios quebrando el silencio, Sabino regresaba hacia su cuarto de estudio en el altillo de la azotea, continuando su tarea con una inmensa sensación de privacidad. Desde lo alto veía a Teo, semi-inválido, obeso, solitario, casi ciego... Y bajaba para acompañarlo.

5 — CARLOS III
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Todas las mañanas eran para él, una más. También todas las tardes con sus noches. Porque en aquellos recintos universitarios de los Jesuitas, el tiempo no pasaba para Sabino.

Ese escenario habitualmente silencioso llamó su atención en un momento dado. Había demasiada gente ruidosa en los patios, como para no despertar su curiosidad. De pronto oyó órdenes dadas en forma de gritos. Amenazas. Salió de su cuarto de trabajo, bajó algunos escalones y púsose a espiar desde su lugar favorito: a media escalera y atrás de una cornisa, en dirección a los corredores.

Las grandes arcadas universitarias estaban repletas de soldados foráneos, con sus armas desenvainadas. Y llenaban los recintos silenciosos, unas voces estentóreas. Un capitán daba órdenes vociferantes para contener al alumnado que arrojaba sillas y bancos de pesado lapacho, contra aquellos soldados. No pudiendo contenerlos, y evitando herirlos, entraron todos ellos en una gresca a puñetes contra los jóvenes internos, habitualmente tan pacientes.

Pestañeando un poco y escondiéndose otro tanto, Sabino —mudo, estático, consternado, incrédulo— vio pasar al Padre Hans, al Padre Pierre, al Padre Paulo, y a todos los demás Jesuitas de aquella alta casa de estudios, uno con otro atados por cadenas. Los soldados extranjeros iban sacándolos de sus aulas y cerrándoles las llaves de unas esposas. En los pies colocábanles una pesada bola de grilletes, como a delincuentes comunes. Eran los profesores de Córdoba del Tucumán.

El Padre Hans fue el último. Estaba en el púlpito, sus alumnos sentados en los asientos, él exponía su clase de retórica imperturbable y mientras colocábanle las cadenas continuó su discurso, que terminaría recién dentro del carruaje que lo llevaría prisionero. Los soldados foráneos armados hasta los dientes, apuntaban a sus alumnos pegando tiros a los techos, impidiéndoles salir del aula.

Fue todo lo que Sabino vio. Pero no necesitó más. Estaba desconcertado y volvió a subir a la azotea. Creyó ver soldados armados junto al campanario en el templo de la Compañía de Jesús, y escondióse en una parte del tejado. Desde allí pudo observar varios carruajes sobre la calle de la Universidad. Los profesores iban entrando a ellos unidos por gruesas cadenas. El Rector levantó la cabeza para contemplar por vez última el gran edificio de piedra, donde los Jesuitas enseñaban latín, filosofía, retórica, lógica...

Sus muchos años de residencia en esta aislada ciudad, muy alejada del mundo, concluían de un golpe. Nadie estaba preparado para ello. El Rector alzó aún más la vista mirando su Universidad de Córdoba del Tucumán. Sus inmensos portales. Sus enrejados. Sus muros... Luego se perdería en la obscuridad del carruaje junto a los demás Jesuitas.

El rey Carlos VII de Nápoles, devenido de golpe en Carlos III de España, había expulsado a la Compañía de Jesús que fuera la columna vertebral de este imperio “adonde no se ponía el sol”. Enviando para ello tropas extranjeras cuya gran mayoría de soldados, no sabían hablar la lengua de Castilla. La indignación creciente en las ciudades coloniales —ya para ese entonces muy desarrolladas— trajo como consecuencia la independencia de las colonias españolas americanas, menos de 50 año después. En Argentina el Congreso de Tucumán firmó la “separación de los reyes de España” (tal como reza el documento) en 1816. Habían transcurrido sólo 49 años, cerrando una historia de varios siglos.

6 — EL REFUGIO
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Los carruajes emprendieron la marcha perdiéndose en el tiempo. Las ranas que nadaban sobre las aguas en la ribera del Calicanto, parecían haber enmudecido. Un silencio pétreo fue envolviendo a la ciudad de Córdoba y hasta los alumnos enfurecidos, encerrados con llaves en sus aulas, comenzaron a bajar sus voces. Un aguilucho surcó solitario planeando sobre el cielo.

Pero la atención de Sabino se concentraba en la calle ahora vacía: Débil y pesadamente la figura del viejo Teo se dibujó ante su vista, siguiendo y gimoteando atrás de los carruajes.

Poniendo en práctica su habilidad montaraz, el mulatillo fue descolgándose desde los tejados hasta la calle. Alcanzó a Teo. Lo tomó por la espalda. Luego del brazo. Lo hizo volverse... Teo estaba ya, totalmente ciego.

Nadie se fijaba en ellos. Ellos no eran nada para aquellos soldados forasteros. No eran parte alguna de la Compañía de Jesús, según las cláusulas que traían firmadas desde el otro lado del océano. No eran profesores ni alumnos. Y pudieron atravesar la antigua ciudad de los Jesuitas sin llamar la atención de nadie.

Hacia delante se abrían las grandes barrancas que rodeaban esta ciudad. La greda imponente. Las márgenes del río Suquía. Los cantos rodados. El espinillo. El tala. Los algarrobos. Los tunales. El monte.

Finalmente... el camino desbrozado. El Camino Real que llevaba hacia la Merced de Don Orencio y Don Eudoro.

...En el Año del Señor de 1767 (siglo XVIII)...
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