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Sofía Sparks: Mi biografía, PRIMER CAPÍTULO: INFANCIA

 
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Sofía






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Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Vie Sep 28, 2012 4:44 pm    Asunto: Sofía Sparks: Mi biografía, PRIMER CAPÍTULO: INFANCIA Responder citando

SOPHIA SPARKS: MI INFANCIA

CAPÍTULO I

Nací un 25 de Enero de 1987 en un pueblo costero de Florida llamado Palm Springs, muy cerquita de Miami.

Mi madre es ama de casa y mi padre, que ahora está jubilado, trabajó toda su vida en la construcción.

Puedo decir, sin miedo a equivocarme, que tuve una infancia feliz.

O sea, tenía muchísimos amigos, siempre fui y soy una persona muy sociable y extrovertida y, aunque detestaba las clases, odiaba estudiar y por extensión, odiaba a todos los profesores que me obligaban a aprender y a pasar interminables horas sentada en el pupitre, me sentía muy unida a todos mis compañeros, a quienes consideraba héroes por salvarme de las aburridas clases.

Hice muchos amigos, hablábamos de chicos, cómo no, y tenía un grupito de amigos y amigas con quienes siempre andábamos enredando y al final, en el despacho del director. Así empezaron los primeros disgustos a mis padres, que tenían que escuchar de labios de mis profesores y el director que yo no mostraba interés por los estudios y que tenia un grupito de amigos con los que siempre andaba molestando a los otros niños que sí querían estudiar.

Bueno, me gustaba la geografía, ahí comenzó mi pasión por los viajes. Coleccionaba entonces mapas y banderitas de países y solía andar todo el rato repitiendo como una cotorra: Francia-Paris, Ialia-Roma, Irán-Teherán, Argentina-Buenos Aires. Me encantaban los colores de las banderas y poder poner en un mapa todos esos países lejanos y me pregunta cómo había que hacer para ir tan lejos, cómo sería estar allí, con esa gente que hablaba raro y que vivían tan lejos y nada sabían de mí ni del país donde yo vivía.

De mis padres recuerdo que estaban todo el día discutiendo. Mi padre siempre tuvo un poco de tirano, mandón, le gustaba imponer su voluntad y con mi madre, que es y siempre fue obediente y de poco carácter, encontró a la víctima perfecta.

Siempre discutían, si la comida estaba fría, si su hijia faltaba a clase o no mostraba interés, si me tenía demasiado consentida, él tenía que trabajar como un burro para llegar a casa y encontrarse con que la comida estaba fría o el director quería verle proque Sofía la había vuelto a armar.

Mi padre me daba miedo, me imponía y me impone todavía mucho respeto, con su vozarrón y su presencia de militar, dando órdenes, siempre enfadado. Una parte de mií le admiraba, porque sentía que se hacía respetar y eso me parecía bueno, me parecía que debía ser así para que nadie se aprovechara de él o de nosotras, mi madre y yo, que era tan pequeña.

A mí me regañaba, claro, cuando le decepcionaba, que era a menudo. Por mi mal comportamiento en clase, por parecerme tanto a mi madre, así obediente y sin rechistar, me regañaba por ver demasiada tele, por pasar demasiado tiempo con mis amigas y no ayudar a mamá en casa con las faenas del hogar, me regañaba si no le preguntaba qué tal le había ido el día, que el traía el dinero y había que preguntarle, claro.

Con los años, pasé de ser una niña asustada a una preadolescente rebelde que cuestionaba ya los abusos verbales de mi padre, que tratara a mi madre como a una sirvienta y a mí me dijera siempre lo que tenía que hacer. A mi padre no le gustó mucho que creciera y que tuviera ideas propias. No le gustó que defendiera a mi madre, que trbabajaba en casa tanto como él, no le gustó que su hijita creciera y le pidiera que nos tratara con más respeto, pero a aquellas alturas, mi padre no iba ya a dejarse torear por una mujer que siempre fue dócil y una niña que siempre había cayado y siempre había sido y sería una niña.

Si no estaba de acuerdo con sus enfados constantes y peleas por bobadas, yo protestaba: por favor, no tengas tan mal humor, sentimos que hayas tenido un mal día, papá, pero no lo pagues con nosotras.

Con mi padre nunca se pudo hablar, yo le quiero muchísimo y tiene un gran corazón, todo lo que hizo fue para protegernos y querernos, a su manera, supongo. Quizá es un bruto, es como fue su padre, como lo fue su abuelo, como le inculcaron que debía ser un hombre hecho y derecho.

Mi padre no estaba dispuesto a que mi madre le contradijese y desde luego, no estaba dispuesto a que su hija, aun preadolescente, le amonestara o le llevara la contraria.

Los castigos cuando yo era una niña se limitaban a regañinass terribles, bofetones, me quitaba mis juguetes o me prohibía comer chocolate y yogures, que sabía de sobra que me chiflaban.

Comencé a crecer, pronto sería una mujercita, decía, y los castigos ya no podían ser tan simples ocmo retirar golosinas o regañinas.

Si le llegaban noticias de discordia en clase, le contestaba o le decía algo que no le gustaba: bofetones, retira de paga, y una perversa afición a la que le cogió mucho gusto y afición, que funcionaba a las mil maravillas conmigo y que sabía que me aterrorizaba: una correa, un cinturón, con los que me apilicaba un correctivo durísimo, ya sabéis, azotes, cachetes, como a los niños, en el trasero, pero yo no era una cría, así que la humillación para mí era terrible y el dolor mucho más.

Él decía que esa era la manera de que ya no me torciera, ya que la adolescencia era un periódo muy difícil y había que tener mucho cuidad para que los jovenes no se torcieran y eso solo se conseguía con disciplina.

Para mí era muy muy humilllante, pasar al dormitorio de papá y mamá,
bajar mi falda, mi ropa interior y apoyarme sobre la cama para que él me enseñara su disciplina de padre autoritario. Yo tenía 12, luego, 15 y 16 y se acabó, no lo permití nunca más.

No era una niña con 13 años, ni con 15, ¿porqué lo consentí? ¿porqué no hacía nada mi madre? Sencillo, las dos estabamos aterradas, ninguna se atrevía a contradecirle, y a mí me sucedió algo extraño.

primero me atemorizaba el miedo, segundo, una parte de mí creía que me lo merecía, que a fin de cuentas, él estaba enfadado porque yo no hacía nada bien, siempre le enfadaba, conlo que él trabajaba y yo no hacía más que darle disgustos. Estaba en su derecho de padre, educarme con mano firme si yo no hacía más que enfadarle y decepcionarle. No es que quisiera hacerme daño con el cinto, lo que quería era que aprendiera que mi conducta no estaba bien y así lo recordaría la próxima vez que se me ocurriera enfadarle.

Así pensaba yo, así que asumía esos zurriagazos, aunque luego pasaban varios días que casi no podía sentarme.

A los 16, 17, ya cerca de los 18, mi cuerpo cambió sobremanera, me desarrollé, me convertí en mujer, saqué los genes de mi abuela y de mi bisabuela, no de mi madre, que es delgada, sino de mis abuelas, que eran rollizas, enormes, rebosantes, mucho pecho, mucho trasero, nada que ver con mi madre flaca.

Mi cuerpo cambió y mi mente también. Mi padre no volvería a darme con el cinturón, que ya no era una cría. Mi padre y también mi madre estaban entusiasmados con mi cambio físico, de rellenita a mujerona de bandera, como decía mi padre, (traducción lo más fiel posible).

Empezaron a hablarme de chicos, príncipes azules, de belleza y vanidad, pero había visto demasiadas discusiones en casa, los azotes tampoco ayudaban, poco a poco, comenzñó a germinar en mí una cierta aversión hacia los chicos, a quienes consideraba interesados, manipuladores y maltratadores, como mi padre.

Me snetía mucho más feliz, relajada y cómoda con chicas, charlando, cmpartiendo cosas, podía abrirme, reirme, salir, charlar, sin temor a que quisieran herirme, como mi padre, a quien todo le enfadaba.

A los 16, a los 18, cuando comencé a cambiar tanto, los chicos me bombardeaban con sus comentariso y sus miradas, y entonces me acordaba de mi padre, y pensaba que solo querían de mi una cosa, pero no querían conocerme, no me imaginaba hablando cómodamente con ellos, como con mis amigas, con quien estaba relajda y no notaba en ellos al "cazador" los chicos de caza.

Me pasó algo curioso. Detestaba a los chicos, los veía charlando conmigo y me imaginaba discutiendo, que tratarían de regañarme o pegarme, como hacía mi padre, diciéndome lo que debía hacer, sin embargo, por otro lado, también me atraían poderosamente y durante un tiempo salí, estuve más bien, con chicos, muchos chicos que solo eran dominantes, hostiles, agresivos, soeces, mala gente, que me hacía sentir fatal cuando los dejaba al día siguiente, dos horas despoués, inmediatamente, me atraían, los atraía, los despreciaba, dejara que me manipularan, como hacía mi padre, después me sentía fatal, tonta, sucia, boba, manipulada, entré en un círculo extraño de aversión y atracción.

FIN DEL PRIMER CAPÍTU
LO








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