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"LA POSADA DE LOS ROSTROS PINTADOS II" -VÍCTOR VIR

 
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BLADERUNNER






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MensajePublicado: Mar May 15, 2012 8:34 pm    Asunto: "LA POSADA DE LOS ROSTROS PINTADOS II" -VÍCTOR VIR Responder citando

"LA POSADA DE LOS ROSTROS PINTADOS I" -VÍCTOR VIRGÓS-

Los restos moribundos de un naufragio quedaron descuartizados como repudiados cadáveres de astillas y maderos frente a las paradisíacas costas caribeñas de Belice.El alarido de la pequeña Melina le catapultó a las caliginosas brumas volátiles de la consciencia.

Los impenetrables tejidos de hilanderas que le anublaban la visión se descorrieron como los visillos de una mansión fantasmal.

La luz prístina de la alborada comenzó a bañarlo todo con un manto de claror que cabalgaba sobre las lomas ondulantes de la brisa salada.Entre reniegos y gemidos de dolor, Mauricio O´Connor "resucitó" en medio de una bacanal de destrozos apocalípticos que habían convertido su flamante velero, "La Sirena Azul", en un esbozo estragado y devastado.Se llevó las manos a la cabeza, que ardía como una galera en llamas. Se le tintaron inmediatamente de sangre reseca.

Tenía las ropas empapadas y su velero era un rompecabezas descoyuntado entre pavorosas rocas afiladas y descollantes que se asemejaban a una procesión de penitentes orando ante el mar.Los recuerdos comenzaban a aflorar con la discreta motilidad holgazana del perezoso. El "diluvio universal" había arreciado desde el Sur de México hasta Nicaragua, vomitando toneladas de rayos, truenos y relámpagos sobre las aguas enervadas de Guatemala, Honduras y Belice.

Era un milagro que estuviera vivo, que no se hubiera ahogado; acaso hubiera sellado un pacto de sangre con los magnánimos dioses oceánicos que moraban en regiones abisales.Una copiosa comitiva de aldeanos, pescadores, mercaderes, lugareños curiosos, se habían arracimado en torno a la despavorida niña de atezado rostro rechoncho.

Le ayudaron a incorporarse recitando preces o santiguándose, como si también ellos quisieran participar de su privado monólogo de la teoría del milagro de su supervivencia.Por unos instantes su ex-mujer, Katrina, se infiltró en sus pensamientos. Estaba tumbada sobre la mullida y cálida arena de la playa, boca abajo, con un minúsculo bikini atigrado, leyendo distraídamente naderías de moda en un ejemplar de la revista Vogue.Se giró, quitándose unas enormes gafas de sol de cristales opacos como si fuera una diva del celuloide de los años 50..

Le observó con severa crueldad en su ademán, con ese arrebatador semblante suyo que parecía haberle afanado a la divina Sofía Loren.-

"!Te lo tienes bien merecido, Mauricio! ese maldito velero acabará contigo algún día... ¡Y conmigo! ¡A quién se le ocurre sailr a navegar en medio de una tormenta tropical tan espantosa!"Le estaban zarandeando. Decenas de voces aborígenes le interrogaban en una lengua que conocía sobradamente.

De algo le iba a servir haber trabajado durante más de tres años dirigiéndo una sucursal bancaria en Medellín.- "¡Qué afortunado, amigo! Se salvó, salvó la vida, es afortunado, sí señor, bien afortuanado que es"Era un pescador sesentón y desdentado quien hablaba. Estaba tan flaco y macilento como el tallo de una anea en invierno.-

"!Válgame Dios que es afortunado, y mucho!" -Corroboró con su firme opinión otro testigo de su miseria--

"El temporal ha estado bien malo. No debió navegar con la mar tan bravía" -Era el turno de una mujer de circunferencia de tonel y negra como el azabache quien arremetía contra su evidente imprudencia. Adoptó el mohín crítico e incendiario de su "Sofía Loren", aunque se le pareciera tanto como un arrendajo a una gacela africana.-

"¿Puede caminar, amigo? ". Le ofreció su hombro un hercúleo mozalbete descamisado y bien parecido, a quien idolatraban entre suspiros y exacerbados atusamientos de cabello un trío de curvilíneas adolescentes ataviadas con policromados pareos translúcidos-- "Siento como si me hubiera aplastado un diplodocus" -Rezongó de mala gana Mauricio O´Connor, a quien todos apodaban "Trotamundos" en su Limerick natal.-

"Esa brecha en la cabeza tiene mala pinta" - Opinó la portavoz del grupito de adolescentes enamoriscadas--. "Ya lo creo que la tiene -Coincidió el parecer el atlético galán, para desmayo de su rendida cohorte de admiradoras-. Será mejor que lo vea el Dr.Casimiro.

Él le curará esa herida tan fea."La clínica del galeno consistía en un rústico chamizo frente al mar pertrechado con material sanitario de lo más elemental. Mauricio, tumbado sobre una amplia camilla, contemplaba al hombre de piel tostada y reluciente calva albina que se movía con el apremio cachazudo de la oruga.Con aplatanada eficiencia le vendó la cabeza y repasó el resto de su magullada anatomía.-

"Podía haber sido mucho peor... ha quedado usted bastante maltrecho y apaleado, vaya que sí, pero no es nada que no se pueda solucionar con un buen descanso"Mauricio le agradeció su sincera amabilidad con una sonrisa socarrona. (" Ha quedado usted bastante maltrecho y apaleado...") No parecía una terminología demasiado profesional. El Dr. Casimiro tenía un aspecto entre sátiro y chiflado, como uno de esos curanderos tahitianos que preparaban brebajes malolientes para espantar el mal de ojo.

- "¿Qué alojamiento me recomienda usted?"El sanador le contempló con sus ojos de sapo como si la pregunta supusiese una afrenta imperdonable. Entonces repuso con total naturalidad:

-"La Posada de los rostros pintados". La dirige mi hermana Herminia. Dígale si la ve, cuando la vea, porque siempre está muy ocupada, pero la verá, seguro, porque es bien oronda, dígale que va de mi parte y que le trate bien, dígale que es usted el chiflado del naufragio, ella ya se habrá enterado a estas horas...

Mauricio soltó una carcajada. El doctor poseía una innegable vena cómica.

Era un hombre de lo más singular y divertido; la clase de tipo a quien uno tomaría afecto tras una charla amigable con un par de cafés humeantes delante.Imaginó a su hermana convertida en la chismosa y pregonera oficial de toda Belice, propalando la noticia del superviviente majadero que había salido a navegar en plena tormenta tropical.

Cuando la tuvo delante, apenas un par de horas después, se topó con una mujer orgullosa de su brutal anatomía de rinoceronte lavando unos cacharros en una anacrónica palangana.

La circunferencia de su torso y sus caderas era como de armario empotrado. Tenía los mismos ojos respingones del doctor, aunque su rostro parecía pueril; una mujerona sobrenatural con rostro de niña asustada.Otro aspecto que había "heredado" del galeno era su talento para la chanza.-

"¡Usted es el náufrago chalado, vaya que sí!".

"Pobrecito, pero si da pena verlo y todo... milagrito que se salvó, me oye, milagrito puro que se me salvó."- Es lo que dice todo el mundo... -Concedió Mauricio abdicando con resignación--

"¿Y qué anda buscando por aquí? ¿Cómo que salió a navegar con un tiempo tan malo?"La mujer parecía a la par más bruta que un arado y más santa que la propia Teresa de Jesús. En ese instante Mauricio se sintió reconfortado en su presencia.

Sintió que podía confiar en ella, que podía confiar en aquella desconocida de enormes senos acampanados y muslos recios como fustes corintios.Estuvo tentado de regurgitar todos los males que le apesadumbraban desde hacía ya tres años.

Su testimonio la dejaría perpleja. No era una buena idea desencadenar el tornado de avatares que le hundían cada vez más en la negrura de la depresión.Katrina Le había abandonado.

Siempre le reprochó su conducta perdularia y trotamundista, a la par que disoluta e irresponsable. Jamás fue un fiel esposo, ni tampoco un padre protector y presente en la vida de su pequeña princesita, Dorothea.

Llegó tarde a su niñez, perdió el tranvía de su adolescencia y los albores malhadados de un amor tóxico con un futbolista ucraniano relacionado con sórdidos conciliábulos de facinerosos narcotraficantes rusos.

Su hija estaba muerta.

El portentoso bólido descapotable que conducía su degenerado amante estalló en llamas al salirse de la calzada en una pavorosa curva cerradísima entre Pollença y Alcudia.Mauricio miró a Herminia. Ya había terminado su labor en el lavadero y parecía preparada para deglutir su fuliminante confesión.Se decidió. Optó por la verdad, la confianza, compartió su secreto, un secreto que no le había revelado a nadie, ni siquiera a su divina "Sofía Loren".-

"Sólo quería morir, pero ya ve... Dios tiene otros planes para mí y me salvó de la peor tormenta del siglo"Herminia corrió a abrazarle. Maurició, perplejo, quedó aplastado entre sus brazos de orangután y sus pechos descomunales que parecían seguir su trayecto hasta el abdómen.Mauricio no esperaba semejante reacción maternal y rompió a llorar.

Entre sollozos desgarrados vomitó todos sus pesares y atribulaciones. Herminia asentía y le confortaba.

Entonces dijo algo realmente enigmático que sólo llegaría a comprender muchos días después....- "Dios le salvó, no le quepa duda, vaya que me lo salvó. La respuesta tiene que estar en mi posada. Pregúnteme por qué la llamamos la posada de los rostros pintados. Pregunte, pregunte sin apuro." Mauricio sonrió divertido. Le estaba empezando a tomar cariño a las gentes singulares de Belice. Como no interactuaba con ella, Herminiia fingió sentirse impaciente y dolida y espetó como si tal cosa:-

"Pues así la llamamos por aquí porque las paredes de las habitaciones tienen rostros pintados... pero no vaya a creer que tenemos un pintor contratado ni nada de eso... nadie las pinta, nadie sabe de donde salen esos rostros o porqué... es un gran misterio, vienen y van..."Adoptó un tono sobreactuado.-

"Por aquí creemos que son los rostros de los difuntos o los desaparecidos, que tratan de enviar un mensaje a sus familiares".

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