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"EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE LA TIERRA II" -VICTOR VIR

 
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BLADERUNNER






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MensajePublicado: Mie May 16, 2012 2:36 pm    Asunto: "EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE LA TIERRA II" -VICTOR VIR Responder citando

"EL ÚLTIMO HOMBRE SOBRE LA TIERRA II" -VÍCTOR VIRGÓS-


Las lágrimas vertidas ante la inmensa pancarta se perdieron extraviadas sobre el pavimento sucísimo de El Vendrell, hábitat de infecciosos roedores que ahora pululaban a sus anchas como la avanzadilla tumultuosa de una nueva era de colonizadores terrestres que se solazaran con paseos matinales sin el temor a ser aniquilados por el ser humano.
Convulso aún por el llanto se incorporó quejumbroso, saboreando la ambrosía de la recién descubierta esperanza, garabateada con pintura negra por cinco desconocidos que, de pronto, se habían tornado su única familia.

Les imaginó difusos y desdibujados, como los semblantes ancestrales y fantasmagóricos que se asomaban a las instantáneas en blanco y negro de principios del siglo XX.

Se había sentido tan solo, abatido y desolado que en ese instante sintió la inequívoca seguridad de que jamás en toda su vida había sido tan feliz, mientras aplacaba su berrinche ante un letrero cochambroso, escrito con rudimentaria caligrafía urbana.

Nunca antes se sintió tan dichoso, ni siquiera cuando su ex-mujer, Valerie, una reputada pintora paisajista del sur de Carcassonne, le diera el "Sí, quiero" ante el altar de la magnífica Basílica de Santa María del Fiore, en Florencia.
En su ánimo encrespado y revuelto se entreveró la nostalgia con vaharadas de amargura. Ahora que conocía la existencia de otros supervivientes se columbraba en su mente la entelequia razonable de que hubieran sobrevivido decenas, tal vez miles de personas por todo el territorio nacional.

De hecho, fuere lo que fuere lo que hubiera acaecido en España no tenía necesariamente porqué haber redundado en un efecto de onda apocalíptica de espectro ecuménico.

Tal veZ Valerie, su pintora, su musa, su ex-mujer, seguía con vida... acaso la vida no hubiera remitido su pulso en Carcassonne...
Sin embargo, tan pronto como alumbró la mecha de la ufanía en su corazón, quedó ésta defenestrada ante la cicatriz supurante del recuerdo. No había señal de teléfono, ni radio ni televisión en ninguna región del planeta... los teléfonos no daban línea, lo había comprobado una y otra vez durante las primeras semanas de "aislamiento" obligatorio.
Izó la mirada hacia el cielo plúmbeo y oteó entre las nubes, como si buscara allá una respuesta divina a sus innumerables tribulaciones e interrogantes.
-"..."Tal vez una tormenta de fuego ha acabado con toda la humanidad.... o un escape radiactivo.... sí, claro, ha tenido que ser eso... pero, entonces... ¿donde están los cuerpos? ¿Porqué no veo cadáveres?"
Gonzalo se estrujó las sienes y emitió un alarido sobrehumano.
- "¡Basta ya! ¡Deténte, no sigas atormentándome!" -Le gritaba desesperado al residente intruso que se había alojado en su mente, y con quien mantenía embarullados circunloquios, diatribas acaloradas y lides verbales sobre constantes disensiones y desavenencias.
La respuesta que tanto anhelaba conocer la tenía ante él, pendiendo de las ramas elongadas de los árboles: "...REÚNETE CON NOSOTROS, NOS DIRIGIMOS A BARCELONA..."

Se puso en marcha sin dilación. Aparcado junto a un supermercado encontró un despampanante Maseratiamarillo con las llaves puestas en el contacto. ¡Las puertas estaban abiertas!

Gonzalo se introdujo en el suntuario medio de transporte bendeciendo la dadivosa racha del azar, dejando abandonado, desdeñoso, su añoso Ford Escort blanco junto a unos contenedores de basura, donde se alimentaban de raspas raquíticas una populosa comitiva de famélicos gatos atigrados.

Sobre el asiento del copiloto encontró la documentación desperdigada del propietario del vehículo. Cogió entre sus manos fuertes y morenas una cartera de bolsillo naranja con estampados de ánades al vuelo sobre una especie de juncal.

La abrió. En su interior encontró montones de albaranes, facturas, tarjetas bancarias y diversos carnets con la fotografía de un hombre chino joven de semblante feroz y torva mirada.

Tenía unos pómulos prominentes y por mejillas, dos turgencias tumefactas y flácidas que le asemejaban a un bulldog exhausto y dormilón.

Sus ojos negros eran dos canicas que parecían asomarse a un abismo esotérico. Cerró la cartera y la arrojó sin contemplaciones sobre el asiento trasero, para amerizar aparatosamente sobre el vientre hinchado de un dragón de velluda felpa roja.

Tres cojines, estampados con siluetas de aves zancudas en un estanque de nenúfares repleto de enormes peces de colores, completaban el mobiliaro del Maserati.

La tapicería de cuero dorado lucía impecable.

Gonzalo condujo despacio hasta Barcelona, deteniéndose cada pocos kilómetros, con la esperanza de hallar supervivientes.

Iba dejando atrás desérticas carreteras que se asemejaban a coloristas tapices paisajísticos mientras le atormentaba la evocación de su desidia en Madrid, y su resolución fatídica de quitarse la vida.

En una urbe tan inmensa como Madrid tenía que haber otras personas como él, solas, desamaparadas.

No había buscado bien... no había escrutado detenídamente en cada centímetro cuadrado de cada calle. Se había limitado a propagar hogueras sin orden y concierto y destrozar escaparates.

Probablemente alguien, desde la distancia, había atisbado las rizadas fumarolas o se había sobresaltado al escuchar el estruendo de las alarmas y sirenas disuasorias.

Pero Madrid era un inconmensurable coloso de hormigón. Podía perfectamente imaginar cómo otro ser humano arribaba hasta el epicentro de su escenario de maremágnum alevoso cuando él ya se había marchado. Podía imaginar cómo otros supervivientes coexistían en su mismo área, distrito o barriada y se cruzaban, sin verse, caminando o corriendo por calles aledañas.

Tal vez alguien había leído sus pancartas y no había acertado a desentrañar su ubicación. Gonzalo se había limitado a lloriquear y asolar la ciudad sin método ni organización.

Existía la posibilidad de que su descompaginada y birriosa búsqueda fuera ahora la única causa por la cual se dirigía a Barcelona sin más compañía que la de su sombra.

Barcelona se mostraba ya en el horizonte, como el ojo de un huracán protegido por un caparazón invisible que observara estupefacto el exterminio de todo el orbe.

Aminoró la marcha y se dirigió intencionadamente, con el ánimo exultante, hacia los puntos álgidos de la ciudad: Las Ramblas, el Barriio Gótico, El Parque Güell, Montjuic, La Barceloneta...

Iba tocando el cláxon.... esta vez lo haría bien. Los 5 supervivientes de El Vendrell se dirigían a Barcelona, lo ponía en la pancarta.

Estaban cerca... lo presentía, callejeando con idéntico desespero al suyo, oteando, escarbando con la mirada a través de ventanales, escudriñando en la oscuridad de lóbregos callejones, diseccionando el horizonte en pos de otras personas.

Podía sentir su angustia y soledad, renuentes a aceptar que el mundo, tal y como lo habían conocido, se había volatilizado.

Podía atrapar y amarrar a su alma su íntima proximidad, devorando el asfalto, enjaulados en un bólido ígneo que un conductor avezado gobernaba a toda velocidad, hendiendo las calles de Barcelona, acuciado por la premura de capturar el sonido de un cláxon lejano y convertirlo en el milagro del encuentro.

Se sentía un poco transgresor desvelando el sueño de los ausentes con el clamor urgente de la bocina.
No había nadie... en ninguna parte. Por un instante le embargó el pánico. Era un hecho irrefutable que cinco supervivientes habían dejado en El Vendrell su señal de auxilio escrita en una sábana que pendía de las ramas de unos árboles.

Pero... ¿y si ya habían abandonado la ciudad para dirigirse a Huésca, Lleida Andorra o quién sabía donde?
Examinó con atención las ventanas y las fachadas de las casas muertas, los cables de alta tensión, las ramas de los árboles, atento a la aparición de una nueva pancarta, de un movimiento fugaz....

El Maserati paseó su apolínea figura por la calle Sepúlveda y giró en la Gran Vía de les Corts Catalanes.
No había nadie en la Plaza de Tetuán ni en el Teatro Nacional. El sonido del cláxon tampoco atrajo la atención de viandantes en las inmediaciones de La Sagrada Familia.

Comenzó A notar como se evanescía su fe cuando descendía por el Paseo de Sant Joan.

Escrutó desesperado cada recoveco de las calles más angostas y triviales. Una bicicleta que ya no volvería a acoger en su sillín a ciclista alguno esperaba inconsolable apoyada contra la pared de una vivienda en la calle de Ausias Marc.
Decenas de bicicletas aparcadas, condenadas a un descanso eterno, yacían nostálgicas en lúgubres callejones adyacentes a las calles de Casp, Sardenya y de la Marina.

El Maserati viró con apatía por la calle de Almogavers, en dirección al Barrio Gótico. Tenia que haber alguien en alguna parte, en las inmediaciones de la descomunal y maravillosa catedral, o tal vez junto al Liceo o en Las Ramblas, o incluso, una parejita de ancianos asustados que esperaban un milagro sentados en las bancadas policromadas del Parque Güell.

- "Tiene que haber alguien en alguna parte... ¿Donde estáis? ¡Vamos, salid! ¡Es que no hay nadie que pueda oirmeeeeeeee!

Gonzalo aporreó el cláxon como si su propósito ulterior fuera destrozarlo, reventarlo a puñetazos.
Entonces fue cuando escuchó una melodía demoníaca, brutal, estruendosa... después, un martilleo inconfunible y desesperado... ¡un cláxon!

Gonzalo rompió a llorar. Las lágrimas le resbalaron por su rostro agraciado y atezado.

- ¡"Aquíiiiiiiii! ! ¡ Estoy aquíiiii ! ¿Podéis oírme?

Era música punk, sin duda, a todo volúmen....

El cláxon del Maserati se unió a la estruendosa sinfonía.

¡Allí estaba! como un espejismo dotado de sacra motilidad, un impecable Land Rover negro acababa de emerger como un proyectil en ignición por la Avenida de Icaria.

Gonzalo dEtuvo el coche con exacerbada brusquedad en medio de la calzada, dejando las puertas abiertas de par en par.

Dos hombres y tres mujeres hicieron lo propio, derrapando junto al Parque de la Ciudadela. ¡Le habían visto, no era un espejismo!

Corrían a su encuentro, como percherones silvestres liberados del redil.

El grupo se fundió en un emotivo abrazo lacrimógeno propio de los clanes familiares que hubieran sido separados durante lustros por causa de una guerra larga e inmisericorde.

Las tres mujeres, jovencísimas, curvilíneas, de neta anatomía atlética, lloraban desconsoladamente. Ellos mantenían el tipo, estoicos y levemente soberbios.

Eran igualmente jóvenes y fornidos, atractivos, como prototipos del ideal del de gimnasta olímpico.
- "Sabíamos que tenía que haber más supervivientes... ¡Gracias a Dios! ¡Qué alegría, madre mía, qué alegría! - Balbuceó una de las muchachas, rubísima, de larga cabellera lacia y atigrados ojos verdes-

- "Bárbara nunca perdió la esperanza, ni ninguno de nosotros. Me llamo Marc, y me acompañan Bárbara, la llorona -matizó de modo cariñoso- Celia es la pecosa pelirroja a mi derecha Fabián, el grandullón de todo el grupo y finalmente Clara, la dulce y bellísima benjamina de este mínimo reducto de humanidad".

- " Este puede que sea el día más feliz de mi vida, creí que iba a volverme loco... "

Sus palabras tuvieron un efecto devastador en las chicas, que rompieron a llorar otra vez.

- "Yo soy Gonzalo, Gonzalo Fuencisla. Leí vuestro mensaje en El Vendrell, porque, fuisteis vosotros quienes escribistéis la pancarta que me ha traído hasta aquí, ¿verdad?"

- "Hemos escrito medio centenar de ellas, tantas como hemos podido, entre ellas la de El Vendrell, sí, esa es nuestra también..." -Explicó la menudita Clara, de bellos ojos azules y rostro angelical-

- ¡Bienvenido al grupo, ¡por todos los santos! -Exclamó Fabián, dándole un abrazo de oso que le hizo crujir las vértebras. Era un hombre muy alto y fuerte, de enormes manos pálidas y anchas espaldas de nadador.
Entonces habló Marc. Tenía porte de galán hollywoodense de los años 40, seductor como un talismán, con su pelo negro engominado y su mirada turbadora.

- "Pero habla... ¡Dínos! ¿Cómo sobreviviste tú? ¿Donde te encontrabas cuando los haces de luz se llevaron a todo el mundo? nosotros somos monitores de una escuela de natación en Carboneras, muy cerquita de Almeria. Estábamos buceando cuando todo ocurrió.

- "Buceando... tiene sentido, vosotros buceábais, yo me encontraba descendiendo por una galería muy profunda en la Cueva de los Franceses, en Palencia. Parece como si sólo hubieran sobrevivido las personas que no estuvieran sobre la superficie, pero... espera un momento, ¿qué es lo que has dicho antes de los haces de luz? ¿Qué es eso?
- "¡Dios mío, no lo sabes! Tú no tienes ni la menor idea de lo que ha sucedido, ¿verdad?" -Intervino Celia.

- "¿De qué estais hablando? ¿Sabeis lo que ha sucedido, porqué no hay un solo ser humano en todo el planeta?"

- "No exactamente... pero tenemos una teoría. A ver... cuando los haces de luz cayeron sobre todo la Tierra, no sólo desaparecieron quienes estaban en la superficie, también se evaporaron todas las personas que estaban en túneles, subterráneos, galerías o las estaciones de metro. Lo hemos comprobado" -Expuso Marc- Creemos que la supervivencia tiene una relación directa con la profundidad a la que nos encontrábamos cuando los haces de luz barrieron el mundo.

- "Estais todo el rato mencionando esos haces de luz... ¿qué demonios es eso?"

- "No has pasado todavía por Las Ramblas, ¿verdad?" -Inquirió tranquílamente Celia-

- "Me dirigía hacia allá cuando os encontré, ¿porqué?"

- "Hay cosas que no podemos explicartelas con palabras... esto, Gonzalo, es mejor que lo veas con tus propios ojos" -Opinó Fabián-.

- "Hay un niño albino haciendo un dibujo inmenso en el suelo. A saber cuánto tiempo lleva dibujando... " -Era el turno de Blanca-

- "¿Cómo? ¿Un niño? ¿Me estáis diciendo que habéis encontrado otro superviviente más? ¿Habéis dejado abandonado a un niño?" -Bramó exasperado Gonzalo-

- "Lo encontramos sentado en el suelo, en Las Ramblas, dibujando, rodeado de montones de botes de pintura. No hubo manera de hacer que se moviera, que abandonara lo que estaba haciendo. Es un niño... especial, diferente... un poco escalofriante la verdad... -Opinó Fabián-

- Sí, -Continuó Marc- el crío es sordomudo y tiene los ojos completamente blancos... sus iris, tienes que ver sus iris, Gonzalo... no hay nada en esos ojos, están vacíos... es todo blanco.

La partida de supervivientes regresó a los coches y condujeron a toda velocidad hasta las Ramblas de Barcelona. Los motores rugían devorando el asfalto, atravesando una ciudad fantasmal.

Gonzalo iba buscando con la mirada al precoz artista callejero. En seguida lo vió, dibujando, con sus pequeñas manos blancas manchadas de pintura de todos los colores. El mural sobre el suelo debía medir más de 20 metros...

Descendieron del vehículo y se aproximaron al niño. Él ni siquiera se giró, ni siquiera se inmutó, prosiguió trabajando en su obra de arte, en su descomunal obra de arte expresionista.

Gonzalo contempló atónito el colosal tapiz: El globo terráqueo aparecía completamente cubierto de inmensas nubes níveas y orondas, extremadamente destellantes.

Unos haces de luz manaban de sus vientres panzudos y escarbaban la tierra, creaban elípticos tentáculos rizados que descendían hasta la Tierra, penetrándola, profanándola, cubriendo el orbe de luz.

La humanidad era absorbida por los cónicos fogonazos, volaban hacia las nubes, engullidos por los haces de Luz.
Algunos, observó Gonzalo, eran inmediatamente regurgitados, ¿otros supervivientes?, así como todos los animales. Los haces de luz parecían tener criterio, respetaban algún tipo de selección discriminativa.

"La humanidad abducida por los haces de luz", era el título de aquella obra maestra, observó Gonzalo entre estupefacto, maravillado y horrorizado.

Sí, horrorizado, cuando sus ojos se posaron en el nombre del autor, pero... ¿qué diantres significaba aquella burla siniestra? ¡anónimo! el niño albino había escrito por nombre, anónimo

- "El universo entero se ha quedado vacío, huérfano... los haces de luz engullendo al ser humano por medio de unos misteriosos haces de luz... ¿Qué demonios estamos contemplando? ¿El niño se llama anónimo?
La voz de Gonzalo era un lamento desgarrado.

- "El fin de los tiempos, un cambio, una nueva era.... quién sabe... sólo el chico anónimo, sea lo que sea lo que pretenda explicarnos con eso, tiene la respuesta -Opinó Fabián- pero el niño no habla, no oye, no escucha, es como si realmente no estuviera ahí..."

- "Es como si realmente no supiera quién es..." -Añadió en tono apocalíptico Clara-
El reducido grupo de supervivientes se abrazó.

Emocionados, sobrecogidos, dañada su alma y coraje, observaron al precoz pintor albino desvelando un gran secreto que no podían en modo alguno desentrañar ni imaginar; no acertaban a columbrar el significado encriptado del impresionante lienzo urbano...

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