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"BÚSCAME EN EL PASADO"

 
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BLADERUNNER






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MensajePublicado: Mie May 23, 2012 3:10 pm    Asunto: "BÚSCAME EN EL PASADO" Responder citando

"BÚSCAME EN EL PASADO" -VÍCTOR VIRGÓS-

El salto en el tiempo le produjo a Mandy Clark una pavorosa sensación de vaciado interior acompañado de náuseas, vértigo y desguace de miembros y osamenta.

Le temblaban las piernas y las manos, y el corazón le latía a un ritmo trepidante. Se sentía apaleada y descompuesta en millones de partículas eléctricas que buscaran pareja en un océano infinito de átomos errantes.

Transcurrieron más de 5 minutos hasta que su cuerpo recobró la serenidad de las aguas remansadas tras el azote de un maremoto. Tenía por delante media hora antes de que tuviera que regresar a su época actual: el año 3019.

Se encontraba en su primigenio apartamento de Central Park, enhiesta como una esfinge de mármol de Carrara frente a un ventanal que oteaba la lontananza, acaso en pos del idílco Strawberry Fields que concibiera Yoko Ono en memoria de su difunto marido, el famosísimo John Lennon.

Entonces escuchó a su espalda un sonido inequívoco y metálico producido por una cucharilla que removiera una humeante taza de espumoso café italiano.

Imaginó a Henry saboreando un delicioso Lavazza, sentado en ese taburete blanqui-negro que tanto le gustaba, que parecía un pequeño tablero de ajedrez ovalado.

Se apoyó en la pared, cerró los ojos, escuchando el sonido de la cucharilla sumergiéndose en el café. Podía sentirle tan cerca... justo al otro lado del muro. Ella en el salón, con su liviano vestido de seda blanco que apenas cubría su cuerpo insinuante y siempre dispuesto a recibir su pasión.

Él estaba al otro lado, en la cocina, tan cerca... tan lejos. Podía escuchar también el sonido de las páginas de un periódico. Le visualizó sorbiendo el café humeante, leyendo concentrado el Lexington Post, con ese ademán suyo tan hierático, como moldeado para arrostrar la adversidad sin titubeos ni conatos de temor.

El atractivo e implacable magistrado de Utah, que había enchironado a decenas de sicarios sicilianos establecidos en Manhattan a finales del segundo milenio, había cercenado con mano de hierro las arterias principales del hampa conla daga de la anti-corrupción.

Su nombre producía tanto panegíricos de loa como aversión. Su abundante cabellera negra ahora se había transformado en una breve caperuza con intervalos ralos de tonalidad cana.

Su vientre comenzaba a descollar tímidamente bajo una holgada sudadera oscura. Henry bebía tanto que en ocasiones le costaba recordar cosas tan básicas como su propia fecha de cumpleaños o los nombres de pila de sus dos hijos varones, Roy y Ted.

Era su tercer viaje al pasado. Diez años de retrospección para convertirse únicamente en estatua invisible y presencia espectral recolocada en un tiempo gastado y atrapado en las redes de la tecnología moderna, como una burbuja flotante que rebotara contra los muros de una telaraña.

Le vio cruzar el inmenso salón, de majestuosa apariencia imperial, como un emperador soberbio que acudiera el encuentro de una comitiva de egregios próceres y prebostes.

Se sentó en un sillón anaranjado que habían comprado años atrás en Sri Lanka. Era tan rebosante como el vientre de un hipopótamo. Henry activó el mando a distancia de la cadena musical. La voz de Pavarotti llenó la estancia.

En la televisión había una imagen congelada de un campamento somalí donde unos niños famélicos eran devorados por las moscas.

Cada vez le resultaba más duro permanecer a su lado si poder tocarle, besarle, abrazarle.

Era extremadamente peligroso. Las consecuencias de su injerencia temporal podían resultar desastrosas. Lo había dicho cientos de miles de veces Ryan Perth, el creador de la tecnología que hacía posible estos saltos a traves del tiempo.

Cada nueva travesía suponía una tortura para su cuerpo, que se descomponía como una esponja porosa y horadada. Los escenarios tampoco permanecían inalterados.

Durante el primer viaje, Mandy creyó que algo totalmente inesperado había sucedido cuando la máquina del tiempo le había conducido hasta lo que parecía la vivienda de un completo desconocido. Sonaba música de las Sirenas in love y de las paredes pendían posters de sus acérrimas enemigas, las Sirenas in hell.

No tenía ningún sentido. Henry jamás había mostrado el menor interés por las bandas femeninas de rock de reminiscencias ochenteras.

Después apareció Henry, en bermudas y camiseta corta hawaiana. En aquella ocasión le encontró ordenando su magnífica colección de cd´s de música clásica, que siempre alineaba junto a los compactos de la soprano noruega Sissel Kirkjebo.



EN LA IMAGEN, LA ACTRIZ KRISTEN BELL.

Una réplica exacta de la rubísima actriz Kristen Bell, vestida con unos tejanos raídos y una camiseta con un logotipo demoníaco de las Sirenas in hell, estaba sentada en el sillón de "vientre de hipopótamo" viendo un video-clip antiquísimo de Aerosmith.

Aquello le inquietó sobremanera. No había visto jamás a esa chica, a quien Henry doblaba en edad, sin duda. Desde su perspectiva fantasmal e intrusiva, aquella escena se le antojó extremadamente familiar, relajada y cotidiana.

En su segundo viaje siguió pensando en ello. No había ni rastro de la muchacha. Henry estaba tan solo como en el momento presente. Los posters de las rockeras góticas de reminiscencias ochenteras habían sido sustituidos por unos lienzos de Matisse.

La presencia latente del trasunto de la protagonista principal de la serie de televisión norteamericana "Verónica Mars" parecía refugiarse entre los pliegues del sillón de vientre de hipopótamo.

Sus viajes a través del tiempo la convertían en un fantasma del futuro que se limitara a observar. Podía tocar a Henry. Estaba sentada a su lado y si se arrimaba un poco más, podía incluso sentir su aliento, que era como una suave brisa primaveral.

Debía marcharse en menos de 12 minutos. De lo contrario podía quedar atrapada, para siempre... las consecuencias de ese acto irreflexivo e imprudente podían ser catastróficas, imprevisibles.

Se masajeó las sienes, acaso conturbada por las emociones. Era una mujer rubia muy bella que había alcanzado recientemente la cuarentena. En el bufete de abogados no eran pocos los compañeros de trabajo que le habían propuesto citas deshonestas, castas, aventuradas o descabelladas.

Mandy "había muerto" el mismo día en que a Henry lo asesinaron en un zoco egipcio unos ladronzuelos de poca monta que se llevaron como botín un reloj de oro que le había regalado su suegro como regalo de boda.

Mandy Clark era una mujer casada con la muerte. Podría arruinarse con aquellos viajes a través del tiempo, perder la vida en el intento... no le importaba. Ya nada importaba. Sólo importaba Henry, aunque no pudiera tocarle, ni sentirle, ni abrazarle o besarle. Bastaba con observarle a través de las telarañas del tiempo, convertida en fantasma del futuro.

Tenía que irse. Pasaba el tiempo, pasaba la vida, se acababa su tiempo. Debía marcharse en menos de 7 minutos.

En ese instante sonó la puerta. Alguien venía, alguien venía a visitar a Henry. ¿Quién podía ser? ¡Qué inoportuno!

(... Siete minutos... lo quiero sólo para mí. Seas quien seas, regresa más tarde. Henry es mío durante los próximos siete minutos...)

En el umbral de la puerta se materializó otra vez esa chica... un poco más turgente, un poco más pícara y rebelde... la réplica exacta de Kristen Bell.

Henry le abrió la puerta, dejándola entrar en la casa, dejándola entrar en sus vidas. Él la llamó Arcadia. Ella renegó de las palabras, despreciativa, acuciante. Se echó en sus brazos como una hiena hambrienta, estrujándole entre sus bamboleantes pechos respingones, que se mecían como saetas bajo una camiseta blanca, escotada y holgada.

La desconocida, que tenía edad para ser su hija, le besó en la boca con tórrido ardor. Fue un beso de los que sellan una vida entera. Fue un beso flamígero, de los que calcinan el firmamento; un beso como el que se profesan los amantes que no se ven desde hace lustros.

Pasaron junto a ella, desnudándose el uno al otro, mientras se comían a besos, mientras tropezaban a ciegas con un busto de madera de Nefertiti y derribaban a su paso un jarrón de flores secas.

Mandy los siguió hasta el dormitorio como una pervertida fascinada que hubiera atravesado el espacio para asistir a la infidelidad de su esposo con una chiquilla recién graduada en el instituto.

Arcadia ya estaba completamente desnuda y sentada a horcajadas cuando ella se deshizo del dispositivo ajustado a su cabeza que le permitía pasearse por el tiempo como una amazona del futuro.

En ese preciso instante la vieron. En sus rostros se adivinó el horror y la estupefacción danzando con la muerte. Dejaron de moverse al unísono, como marionetas eléctricas que se hubieran quedado sin batería.

-"¿Quién eres tú? ¿Qué haces en mi casa? ¿Cómo demonios has entrado?"

El tono de Henry le partió el corazón. Denotaba desconocimiento absoluto, furia y desconcierto. No la conocía. No reconocía a su propia esposa.

Entonces recordó las palabras proféticas del erudito Ryan Perth. Su intrusión temporal podía tener consecuencias desastrosas. Se había quitado el dispositivo que la permitía existir en una época que para ella, ya no existía. Las consecuencias podían ser imprevisibles, catastróficas...

Con lágrimas en los ojos y un ademán en el rostro roto de dolor, se apartó del lecho profanado y se colocó nuevamente el dispositivo que le catapultaría de vuelta a casa, a su tiempo, a su vida...

Entonces observó horrorizada la cuenta atrás en la pequeña pantalla de Led...

Se colocó el dispositivo a toda velocidad: "...5, 4, 3...."

No había tiempo... las coordenadas temporales no estaban completas. Sus manos se movían agitadas sobre el teclado alfanumérico insertado sobre el frontal de la caperuza.

"(...2, 1....)"

Mandy se preparó para afrontar un desenlace catastrófico. Sus ojos, anegados de lágrimas, se clavaron por unos segundos en los azules del trasunto de Kristen Bell.

En el último instante, cuando su cuerpo se convertía en cenizas, la amante de su esposo desplegó las manos para aferrarla, para retenerla al otro lado de su realidad. También lloraba, quería ayudarla, pero era demasiado tarde...

Cuando Mandy Clark se convirtió en polvo de cenizas, Henry, impertérrito, ofendido, sólo se limitó a inquirir, indignado:

-"¿De donde demonios ha salido esa mujer?"

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