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Gades






Registrado: 02 Oct 2008
Mensajes: 377
Ubicación: Me voy encontrando

Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Sab Ene 31, 2009 8:50 pm    Asunto: Pasando Página Responder citando

El regalo de Marta sigue sobre la alfombra, sin abrir. He de reconocer que con los regalos nunca estuve muy acertado. En esta ocasión no llegó a fijarse más que en el papel con que lo envolví. La discusión fue instantánea, se desencadenó demasiado rápido para poder controlar nada, y, como era ya costumbre, en cada nueva pelea resultaba más cruel, más hiriente. Después salió llorando, corriendo como una loca y sin mirar atrás. No se molestó siquiera en cerrar la puerta y la vi bajar por las escaleras; esperar al ascensor ante mí no debió parecerle buena idea. Supongo que en ese momento mi presencia, mi imagen ante ella le resultaría insoportable. En su última mirada me pareció descubrir miedo, el miedo que quizá siempre dominó su corazón. Pero esa expresión en sus ojos fue nueva para mí y en realidad sólo pude comprenderlo cuando llegó Antonia para cobrar el alquiler, tan puntual como cada mes, tan sólo unos minutos después de que Marta desapareciese dejando tras de sí tan lamentable escenario.

¿Qué había hecho mal esta vez? Eso nunca lo entendí del todo. Durante los últimos años de mi vida pasé la mayor parte del tiempo buscando las causas de sus enfados, de sus incontenibles lágrimas. Necesitaba saber los porqués, sólo así podría evitarlos. Eso era al menos lo que creía, que podría evitarlos. Puedo recordar que la primera vez que lloró ante mí quise consolarla tan sólo porque sus ojos me parecían demasiado bonitos para empañarse con lágrimas. Lo que no puedo recordar es por qué lloraba aquella vez, como tantas otras. Más adelante, cuando ya éramos pareja, la consolaba porque me apenaba verla triste, porque quería que fuese feliz. Pero el exceso de llantos y quejas consiguieron que, viviendo juntos, la consolase únicamente para aplacar mi angustia, la angustia de no saber nunca el motivo de su pena ni la forma de hacerla desaparecer. Y en las últimas ocasiones ya solo la consolaba para evitar sentirme culpable, y es que al final la culpa siempre era mía. Ya no me angustiaba su pena, sino la que yo tendría después.

En esta ocasión no fue nada igual. En las discusiones anteriores yo terminaba por salir huyendo a toda velocidad, y pensaba que huía de ella, cuando en realidad estaba huyendo de mí mismo, de mi conciencia que al poco aparecía con la fusta preparada para golpearme por cada lágrima suya. Lo malo es que creía de verdad que escapaba de sus arrebatos histéricos, de sus llantos inconsolables, y al final me quedaban también los remordimientos por alejarme de ella cuando lo pasaba mal. Así, después, en la soledad y el silencio interior de cada noche, mi mente me golpeaba dos veces: era culpable de su pena y culpable de abandonarla. Por eso, en nuestros últimos momentos, de lo que huía, lo que me hacía asentir realmente mal, lo que quería evitar, era mi propia conciencia.

¿Por qué tenía yo la culpa? ¿De qué? Ahora por fin tengo respuestas, pero entonces… Cuando le regalaba algo divertido, pensaba que lo hacía porque ella me parecía aburrida; si el regalo era serio, era porque no me inspiraba nada alegre; si le decía “¡Qué bonita estás hoy!”, interpretaba que ayer me pareció fea, y si le decía que el peinado de ayer le quedaba mejor, era porque el de hoy me parecía horroroso. Hiciese lo que hiciese ella siempre tenía una interpretación peculiar y dañina, le hacía sentirse mal, lo que se encargaba de dejarme muy clarito; en definitiva, que Yo le hacía sentirse mal. Parecía no haber forma humana de romper esa dinámica en la que estaba metida. Yo me esforzaba cada vez más, de veras; ponía mis cinco sentidos para hacerla feliz, para acertar con la frase o con el gesto o con el regalo, pero desde luego con los regalos cavé mi tumba.
Ahora de lo que más me arrepiento, ¡y vaya si me arrepiento!, es de haberle regalado aquel marcador de página de plata. Ese regalo se convirtió en una especie de estandarte de sus acusaciones; desde que se lo regalé, salió a la luz en todas las peleas. Era muy bonito, se había fijado en uno muy parecido en la última feria. Yo estaba convencido de que no podría encontrarle nada malo, de que le haría ilusión. Y puesto que mis regalos solían terminar en el más absoluto de los olvidos, con todos los libros que tenía, me parecía que, en esta ocasión, al menos lo utilizaría. Pero no, tampoco hubo suerte. Me acusó de insinuarla que debía leer más, que era una inculta, o peor, que prefería que pasara el tiempo entre libros a que lo pasara en mi compañía. En sus ojos aquel día descubrí una ráfaga de odio por primera vez, y también por primera vez me dio miedo. Debí hacer caso de mi instinto y marcharme entonces definitivamente, pero me quedé. Ella, a fin de cuentas, era una persona débil, con problemas y me necesitaba. Pensaba que yo, si hallaba la forma de no molestarla, podría hacerla feliz, incluso me sentía responsable de su felicidad. Cada día me preguntaba qué hice mal ayer, como debo actuar hoy para que todo esté bien. Cargaba a mis espaldas el peso completo de la relación sin darme cuenta de que a ella jamás la responsabilizaba de nada. Me daba golpes de pecho para expiar mis pecados, pero debían ser demasiados porque me partió el corazón con el golpe más certero que vi jamás, no tuvo piedad de mí. Es posible que ni tan siquiera lo pensara, que fuese un impulso, un arrebato al tenerme allí, frente a su monumental enfado, a pecho descubierto. Una diana perfecta.

Hoy, después de un acto tan cruel, se marchó dándome la espalda, rechazando mi regalo sin abrirlo, no dijo ni adiós, no dijo lo siento, se fue sin más. No volvió ni volverá a por su regalo. Esta vez la excusa fue el papel, le molestó que el envoltorio fuese rosa con ositos dibujados. Por la tontería, me acusó de tratarla como a una niña y no como a una mujer. Me dijo que me odiaba. También me dijo que yo en realidad nunca la quise, que lo creía pero no era cierto, que no podía quererla, que Yo no podía quererla. Me dijo que no era una niña a la que cuidar, que ya no tendría que cuidarla más, que se acabó. Después me tiró el regalo a la cara y… En fin, con esta pinta me dejó. Ahora no soy más que el grotesco retrato de mi estupidez.

Sí, por fin puedo entenderlo; he liberado mi espíritu de la carga de culpas que llevaba dentro y veo las cosas claras. Es verdad que me odiaba, y mucho, lo dejó patente, pero no por creerme culpable de todas esas cosas que me echaba en cara; en realidad me odiaba por quererla, por ser capaz de amar, de amarla a ella, a pesar de lo mal que lo pasaba, a pesar de lo mal que me trataba. Se montó una película en la cual nadie la quería, se empeñó en mostrar que su película era cierta y yo vine a estropearle el guión. Soy culpable, sí, pero mi delito fue amarla. Como prueba de ello queda ese regalo no abierto, camuflado bajo un papel rosa con ositos para sorprenderla más. Pero, cegada tal vez por sus paranoias, no me dejó ni ese capricho, tuvo que echármelo a la cara sin abrirlo. No, definitivamente, lo mío no eran los regalos. Me dejó tirado, como a un trapo sucio, con el corazón derrochando vida sobre la alfombra. El marcador de página señaló al fin el último capítulo de la historia. Los ositos del envoltorio se burlan. ¡Qué tonto fui!

Antonia entró sin llamar, me miró y estalló en un grito agudo. Por un instante pude ver mi imagen reflejada en sus ojos, tan abiertos como los míos y casi tan asombrados. Se marchó corriendo, haciendo temblar el suelo bajo mi cuerpo.

No, hoy no ha sido mi mejor día; hoy todo el mundo se fue de mi lado. No creo que sea para tanto: ya sé que no me levanté a saludar, pero tengo una buena excusa; ya sé que será un suplicio lavar la alfombra, pero tampoco es un drama, al menos esto se arregla con agua y jabón. Supongo que lo que menos le ha gustado ha sido el marcador de página clavado en mi pecho. Al final acerté y Marta sí utilizó mi regalo, aunque me parece una forma un poco drástica de pasar página. Ahora la cara de los ositos, riéndose a dos palmos de mi nariz, empieza a resultarme de muy mal gusto. Por cierto, el regalo que escondían esta vez era un par de alianzas de matrimonio, ya sabéis, hasta que la muerte nos separe.

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Caronte
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Registrado: 27 Sep 2008
Mensajes: 1812


Sexo:Este usuario es un Hombre

MensajePublicado: Lun Feb 02, 2009 1:32 am    Asunto: Responder citando

Sí, sí lo había leído, aunque no lo recordaba. Toda una muestra de burlona crueldad, la verdad. Resulta hasta grotesco, pero puede que dentro del tono casi bromista que parece que le imprimes se esconde mucho más sentimiento; las bromas siempre introducen mejor las malas noticias que la seriedad, puede que por eso entra tan suavemente el escrito por los ojos.
Una obra de arte, Gades. Una pena que nos visites no muy a menudo, puñetera. Tendré que sobornarte con algo jejeje Smile Un beso fuerte, y gracias por hacernos partícipes de esto.

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Kala
Administradora





Registrado: 26 Sep 2008
Mensajes: 880


Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Lun Feb 02, 2009 4:50 am    Asunto: Responder citando

Un verdadero placer leerte en prosa Gades. Me encanta como narras, y me encanta la historia que cuentas. Que cruel por parte de ella, a pesar de que se trata de una persona enferma, y cuánto amor por parte de él. Un historia desgarradora. Bravo Gades. Espero que traigas más
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Yuma
Administradora





Registrado: 26 Sep 2008
Mensajes: 1694
Ubicación: En la vida

Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Lun Feb 02, 2009 10:16 am    Asunto: Responder citando

Me ha encantado tu relato Gades . La verdad es que nunca dejas de sorprenderme gratamente . Un abrazo .

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<center><Marquee Direction="left">Comenta a tus compañeros, ellos lo hacen contigo.


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Mi libro
http://www.sombradearce.es/catalogo.html

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Gades






Registrado: 02 Oct 2008
Mensajes: 377
Ubicación: Me voy encontrando

Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Lun Feb 02, 2009 5:40 pm    Asunto: Responder citando

Por partes que esto veo que tiene miga... jeje

Caronte, prepárate que voy pensando a ver qué me puedes ofrecer para que cuelgue otra cosita. Por cierto, un buen análisis de la forma de narrarlo. Solo ese humor macabro me permitía contar la historia.

Kala, hay amores que matan. ¿A que bien pensado ahora no suena nada bien esa frase?. Has acertado al considerarla a ella como una persona enferma. Vete ofreciendome algo que Caronte está dispuesto a sobornarme. A ver cuanto saco, jeje

Yuma, espero seguir sorprendiendote mucho. Eso ya es para mí un premio.

Un besazo a cada uno.

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