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Mis días con Isabelle y su fantasma.

 
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Pepe Koete






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Mensajes: 110
Ubicación: Quepo en media neurona.



MensajePublicado: Vie Mar 13, 2009 8:01 pm    Asunto: Mis días con Isabelle y su fantasma. Responder citando

Mis días con Isabelle y su fantasma

Yo, un tal Pepe K., amo, estoy vivo y amo al amor. Nunca he dejado de amar del todo, pero durante el último año mi corazón navegaba sin rumbo y sin intención de arribar a ningún puerto. El teatro de la vida pasaba ante mis ojos de simple espectador arrancándome alguna sonrisa o algún suspiro y mi alma vagamundeaba levemente sin ninguna premisa.

Isabelle, toda ella, no el espectro que he perseguido tras dos largos años, se ha mostrado ante mí tal la recordaba y añoraba. Todo en ella es hermoso, hasta sus manos desgastadas por el trabajo artesanal que la enerva. Constructora de sueños, arquitecta de alegorías que sólo pasan por su cabecita inquieta y soñadora, aquel espectador que intente acercarse con atención a su pequeño, a la vez que inabarcable mundo, no puede sino admirar en silencio todos y cada uno de los movimientos de su espíritu.

La amo desde el primer momento en que la vi, allá en la frontera hispanofrancesa. No, me equivoco, la amo desde que empecé a amar la libertad, porque Isabelle es sinónimo de ella, sinónimo de verdad, sinónimo de vida. Nada tiene principio ni final por más que nuestras mentes cuadriculadas se afanen al efecto; Isabelle y su impronta siempre estuvieron y estarán en mí porque el amor no sabe de fronteras, no sabe de leyes, no sabe de edades y se ríe tras el escenario de nuestras miserias, invitándonos, socarronamente, a abandonar todas las luchas. Para amar a Isabelle no es necesario actuar de ningún modo, sólo hay que vaciar el alma y dejarse arrastar por el viento fresco de su sonrisa.

Poseer un cuerpo, poseer un alma. Quien utilice estos términos marra si busca el único y verdadero sentido de la palabra amor, que no es sino entrega sin contemplaciones. Los primeros siete días que compartí con Isabelle fueron de una entrega calma y tácita, los segundos dos días quise que fueran de una entrega impetuosa y notoriamente explícita. Durante esta segunda entrega le ofrecí mi cuerpo y mi alma. Sé que la asusté de tantos “tequieros” pero quería dejar claro que no había ninguna fisura en ello. La amo y no siento ninguna vergüenza al relatarlo, así que mis palabras de amor manaron con una fluidez inusitada. Ya en el lecho me aferré a su cuerpo con decisión pues había soñado con aquel momento desde siempre y dejé que mis manos y mis labios hablaran sin prisas, saboreando el tan ansiado despertar. Su grácil y deseable cuerpo reaccionaba a la pasión pero podía leer con claridad sus pensamientos, que al cabo me expresó: Su cuerpo estaba conmigo, apetecía de pasión, pero no su alma y le cohibía sobremanera el no corresponderme. Un resorte maniataba sus caricias y sus besos. Podría haber poseído su cuerpo pero hubiera traicionado mi amor, así que me volví de espaldas y esperé en vano, durante toda la noche, una llamada que nunca llegó.

A la frontera hispanofrancesa llegué desgarrado. Venía de enfrentarme por primera vez con la más absoluta soledad. Deambulé como pude por tierras catalanoaragonesas siempre enfrentado con el obstinado cierzo, con una lesión grave en el pie derecho y con la escasa hospitalidad recibida, pues tuve como techo varios días sólo el cielo y sus estrellas. Como alma en pena decidí no abandonar y enfrentarme a mi destino con temeridad. Así apareció Isabelle ante mis ojos, una chica que traspasaba la frontera y que sin ningún pudor me preguntó qué tipo de señales había que seguir en ese camino a Santiago. Y comenzamos a caminar juntos sin ninguna pregunta y/o sugerencia. El niño que siempre hubo en mí se acopló fácilmente a su ingenuidad y descendimos casi corriendo la montaña.

No reparé en su extraordinaria belleza física hasta que apareció, ya en el primer día, el primer conquistador, el cual le preguntó literalmente si le elegiría a él o a mí en una hipotética optativa. Isabelle calló, yo también. Fue aquel día en el que a regañadientes me dejé dibujar por ella, ya que me disgusta ser retratado.

Es quizá imprescindible hacer notar que nos distancian 17 años de edad y que al principio rechacé consciente e inconscientemente cualquier indicio de lubricidad en mi pensamiento. Mas llegó otro conquistador. Ese día había verbena en el pueblo, yo estaba bastante cansado y ella quería divertirse. En su inocencia ella no notaba la mirada lasciva de él mientras bailaban. Me retiré consumido por los celos pero sabiendo que hacía lo correcto, que era, es y será respetar su libertad. Al poco regresó algo consternada por la actitud del segundo galán.

Seguimos caminando juntos como dos auténticos hermanos a pesar de que la pasión crecía en mí alimentada por los celos, ya que la hermosura de Isabelle no pasaba desapercibida. Los días discurrían y la comunión se consolidaba. Pero la vida de Isabelle no había desembocado en la frontera hispanofrancesa casi por casualidad, como en mi caso, venía en busca de la soledad para poder reflexionar y poner cierto orden en su existencia.

Nos aproximábamos al pueblo de Obanos, confluencia de dos caminos y dispersión de los nuestros. Un poco antes de la despedida le volqué mis sentimientos y le propuse una noche de amor. Aún no sé si me entendió correctamente pero al principio accedió y después rectificó. Me habló, entonces, de la diferencia de edad. Pobremente le argumenté que el amor no entiende de míseras medidas humanas espaciotemporales y al día siguiente la dejé marchar. En la parada de aquel maldito autobus le rogué que no me abandonara. Rechazado le solicité un beso en los labios. Con decisión se acercó, selló sus labios sobre los míos y pude degustar el sabor amargo de sus lágrimas.

A partir de entonces me acompañó su fantasma. Yo había tomado esta vez un camino en dirección contraria, de nuevo hacia la frontera hispanofrancesa. Todas las caras se acercaban de frente y todas las caras eran la suya. Cuatro días que sirvieron para llegar de nuevo desgarrado a la frontera, esta vez más al occidente.

Y hacia otra frontera hispanofrancesa había planificado mis pasos, que deberían conducirme aún más hacia el oeste, arropado por la magnífica belleza pirenaica. Pero mi destino entroncaba con el suyo, ya que cuando nos despedimos, a sugerencia mía, Isabelle se marchó hacia allí huyendo de la aglomeración de peregrinos en el Camino Francés, continuación del que abandonamos en Obanos.

Roto y solo entre la multitud no dejaba de pensar en las tres fronteras que unían los mismos paisajes y el cuerpo y el fantasma de Isabelle. Mi intención era firme, mantener mis planes, pero en esta nueva frontera no supieron indicarme la manera de llevarlos a cabo. Me encontraba en tierra de nada y de nadie, así que decidí asesinar al fantasma e ir al encuentro del cuerpo de Isabelle. Telefoneé al albergue de la tercera frontera, aquélla que da la bienvenida al Mar Cantábrico, y me confirmaron que Isabelle había estado allí. El camino que había tomado ella a través de mi sugerencia era conocido por mí, así que inmediatamente me puse rumbo a Deba, donde casi con toda seguridad pernoctaría al día siguiente. Iría a su encuentro, yendo de nuevo en dirección contraria al sentido de las agujas del espacio.

Bombones con licor de absenta. Mi paladar reverbera ahora con placer el último bombón de la caja que me trajo Isabelle a la vez que se me encoge el estómago ante el aciago recuerdo.

Ese mismo día llegué milagrosamente a Deba gracias a que me afeité para hacer autostop y a la habilidad del conductor del postrero autobus, pues un loco al volante quería sacarlo de la carretera a toda costa.

Dormí en un rincón del suelo del albergue acompañado aún por el fantasma de Isabelle, que hizo que pasara media noche cerca del mar fumando compulsivamente.

El pueblo se levantó en fiestas, los demás peregrinos tomaron rumbo oeste y yo, con toda la fuerza que quedaba en mi desgarramiento, tomé la dirección inversa, rumbo a Isabelle. ¿Qué le diría al verla? Por más vueltas que le daba al asunto lo desconocía, simplemente quería ahuyentar su fantasma y poder extasiarme en sus ojos aunque fuera por unos instantes.

Empecé a caminar por durísimos repechos en dirección a Itziar, pueblo del que guardaba gratísimos recuerdos. Sonreí al bar donde pasé una tarde tan maravillosa como despreocupada de mí mismo y, tras un breve receso, continué la marcha casi siempre en ascenso. Los primeros peregrinos se me cruzaron y les pregunté por Isabelle: - Atrás, viene atrás -. Una sonrisa iluminó mi rostro y afronté nuesvos repechos. Más y más peregrinos: - Atrás, viene atrás -. La sentía ya muy cerca y, reposando tras una nueva y fuerte subida, creí divisarla en el monte próximo, más arriba aún. Vacié mis pulmones pronunciando su hermoso nombre pero parecía que no me escuchaba y siguió caminando sin más junto a otro peregrino. Me encontraba muy cerca de una aldea por la que pasaba el camino que debía llevar, así que me pedí una cerveza en un bar para refrescar el sudor de mi cuerpo y el ansia de mi corazón. Un gatito callejero jugaba a mis pies y lo recogí en mi regazo acariciándolo con dulzura. No tenía sentido, ya tenía que haber pasado. Pedí otra cerveza y luego otra y otra. No lo comprendía, hacía ya tiempo que tendría que haber pasado así que un poco achispado tomé de nuevo el camino hacia Deba, esta vez en descenso hacia la mar. Alcancé a una peregrina italiana y le conté mis cuitas. Que estaba obsesionado con Isabelle y que lo mejor que hacía era olvidarla, ésos fueron su aseveración y su consejo. Una gran lucha interior me destrozaba el entendimiento, todo ello acuciado por la persistencia del fantasma. Llegué al albergue y encontré su mochila en él. Había salido y no dormiría allí ya que cuando llegó estaba completo. Intuí que estaría en la playa y allí encaminé mis dubitativos pasos. Creí divisarla tumbada bocabajo. Parecía que sesteaba. Un peregrino estaba cerca suya de pie mirando la mar. Me fui. Fue muy fácil decidirme con el pueblo en fiestas y bebí y bebí y bebí...

Alguien me despertó malhumorado. Era el hospitalero, el encargado del albergue. Había ya pasado hacía rato el mediodía y me espetaba que allí no dormían borrachos sino peregrinos. A duras penas pude recoger mis cosas en el albergue vacío... no, vacío por completo no. En una mesa había un bocadillo del día y la descripción de la jornada siguiente. Alguien quería que continuase y pensé que era Isabelle. La jornada la conocía, era de las más duras de entre los casi 900 kms. del Camino del Norte, en el cual me encontraba. Tenía que cargar no sólo con una resaca monumental, sino con el desgarro de todo mi ser y con lo que más pesaba: el fantasma de Isabelle.

Mis planes iniciales habían sido trastocados y decidí retomarlos, así que regresé en tren a la tercera frontera hispanofrancesa, a Irún, donde tan exquisitamente me habían tratado con anterioridad. Desde allí iniciaría un nuevo camino por conocer rumbo al sur. Pude comprobar de nuevo la hospitalidad irunesa: intentaron sanar mi cuerpo y mi espíritu pero no pude dormir y solicité, contra las normas, permanecer un día más. Seguí bebiendo y ya a la tarde una losa ingente acabó por cerrar toda salida. Fui a la estación e introduje mi harapienta estampa en el primer tren que me llevara a Madrid y de allí más al sur, donde nací y donde el sol alegra las tinieblas. Llegué a casa diez días antes de lo previsto y con el fantasma de Isabelle en mi mochila.

En este segundo encuentro he sabido que aquella chica que creí reconocer más arriba, en la montaña, y aquella chica que sesteaba bocabajo, en la playa, eran Isabelle. No eran su fantasma, él viajaba conmigo. También he sabido que no fue Isabelle la que me dejó en el albergue aquel bocadillo y aquel croquis, un alma caritativa y anónima lo hizo.

Desperté con la cabeza sobre su mano. Sentí una leve caricia y le besé el rostro sonoramente dándole los buenos días. Ella se asustó. Mi buen amigo asomaba en el aseo. Él, dándome de nuevo una lección de amistad, nos había cedido su cama de matrimonio y había dormido en el sofá. Conminé a Isabelle a utilizar el aseo en primer lugar. Mi amigo nos invitó a pasar el día junto a él. Ella asintió con premura. Aprovechando el ruido del agua en la ducha mi amigo se interesó sobre mi presumible noche de pasión. Le dije, como siempre, la verdad, añadiendo que ése sería el último día que le concedería a Isabelle en mi vida y que me comportaría cortésmente pues estaba aún dolido por la no comunión de almas ni, por consiguiente, de cuerpos. Sabía que ella no era culpable de nada pero no quería convivir siempre con su fantasma.

En busca de la mar nos fuimos los tres y tuvo que ser mi amigo el que llevara el peso de las conversaciones. Yo no estaba muy hablador y centró su atención en ella mientras yo caminaba junto a ellos pero no con ellos. Ya frente a la mar abierta me dispuse a vaciar mi alma en ella y deseé llorar y que mis lágrimas se fundieran en su abrazo. Mientras, ella buscaba conchas y él la cortejaba. Tras un rato de abandono continuamos la marcha sobre la orilla, uno tras otro y en silencio. Él se aproximó a ella y siguió cortejándola mientras yo voluntariamente me retrasaba. Y más o menos en ese tono estuvimos hasta que la dejamos en el aeropuerto: él cortejándola, ella entretenida y yo interviniendo ocasionalmente e intentando sacar fuerzas para animarnos.

Creía que el fantasma de Isabelle me seguiría acompañando después de este segundo encuentro pero no es así, la firme convicción sobre el amor que siento por ella ha acabado por destruirlo. He reflexionado sobre lo ocurrido en el lecho y pienso que obré debidamente: Como hice otrora y como he hecho ahora no soy nadie como para coartar la libertad de Isabelle e imponer mis deseos, esa libertad que, además, persigo incansablemente en todos los rincones de mi existencia.

Ha vuelto a escribirme señalando que volveremos a vernos, que tiene pendiente viajar por Andalucía y que cuenta con mi compañía. Cuando llegue el día acudiré a la cita con todo mi ser presto. Que ella elija lo que quiera de mí, sea mi fiel silencio, sea mi mano sobre sus cabellos, sea todo mi corazón. Todo lo aceptaré de buen talante ya que ella no se merece menos. Por supuesto que mantendré viva siempre la llama de la esperanza en una posible comunión plena de almas, pero ya no es una obsesión en mi interior ya que al fantasma de Isabelle lo ahogué en el Mediterráneo, mientras ella buscaba conchas.

Este relato es la respuesta a su última misiva. Si has llegado hasta aquí, Isabelle, que sepas que nunca dejaré de amarte, que te doy las gracias por ayudarme a ahogar a tu fantasma, que no me importa que ames a otros, que me gustaría que sonrieras ante mi recuerdo y que sigas tan hermosa por siempre en cuerpo y alma, sobretodo en esta última.

Yo, un tal Pepe K., amo, estoy vivo y amo al amor.

_________________
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