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Los poetas más grandes

 
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Alex McStar






Registrado: 15 Oct 2008
Mensajes: 339
Ubicación: Agujero negro IC 10 X-1, const. de Casiopea, galaxia IC 10. A 1'8 mill. de años-luz de la Tierra

Sexo:Este usuario es un Hombre

MensajePublicado: Sab Nov 15, 2008 3:45 am    Asunto: Los poetas más grandes Responder citando

Cuál o cuáles son los que ustedes consideran los poetas más grandes de la literatura. Pongan fragmentos de poemas de estos autores. Comenten los que sean sus preferidos. Pongan versos memorables que encuentren. Entre mis favoritos están Derek Walcott y Saint-John Perse:

Práctica de piano - Derek Walcott

Abril, otra quincena, abril metropolitano.
Una llovizna humedece la entrada del museo,
¡como sus ojos al dejarte, falible primavera!
El sol va secando la fachada de piedra pómez de la avenida
delicadamente, semejante a una muchacha que recorre con un pañuelo su mejilla;
el asfalto brilla como un sombrero de seda,
las fuentes trotan como percherones alrededor del Museo Metropolitano,
clip, clop, clip, clop en el Manhattan de la Belle Epoque,
los canales separan sus labios para recibir la lluvia de primavera,
por nebulosas avenidas semejantes a clichés impresionistas,
con sus cornisas de gárgolas,
sus flores de concreto en los frontones resquebrajados,
sus estaciones del metro con mosaicos bizantinos;
el alma estornuda y uno trata de asimilar
el collage de un siglo que termina,
el dramatismo epistolar, el antiguo dolor Laforgueano.

Plazas desiertas arrasadas por ráfagas de remordimientos,
calles empedradas relucientes por la lluvia donde un carruaje
encortinado trotaba alrededor de un rincón de Europa por vez última,
mientras los canales se replegaban como concertinas.
En este instante la fiebre enrojece las zonas de conflicto del planeta,
la lluvia salpica las blancas sillas de hierro en los jardines.

Hoy es jueves, Vallejo está muriendo,
sin embargo ven, muchacha, toma tu impermeable, vamos a buscar la vida
en algún café detrás de ventanas llorosas de lluvia,
quizás el fin de siècle no ha terminado realmente,
acaso en algún lugar hay un piano donde aún resuena,
mientras las bombillas van encendiéndose a través del corazón de la tarde
en la estación de los tulipanes y del pálido asesino.
Invoqué a la Musa, ella excusó que le dolía la cabeza,
pero tal vez sólo sentía pena de ser vista
con alguien que pertenece a un clima intransferible;
entonces dejé atrás las flores en piedra, los frontones silvestres,
solo. No fui yo quien disparó al archiduque,
me absuelvo de todos los crímenes de este tipo,
murmura el obsceno graffiti del metro;
yo no podría ofrecerle a ella nada salvo la predecible
pálida pañoleta de vulgar seda del crepúsculo.

Bien, adiós entonces, lamento nunca haber ido
a la gran ciudad que le dio fiebre a Vallejo.
Tal vez el Sena opaque al Río Este,
tal vez, pero cerca del Metropolitano
un tenor de acero
ensaya de manera sorprendente algo de la antigua Viena,
las escalas deslizándose como pececillos a través del mar.


En esta dirección podrán leer versos hermosos de Perse:
http://amediavoz.com/perse.htm

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“SI ELIMINAMOS LO IMPOSIBLE, LO QUE NOS QUEDE, POR IMPROBABLE QUE PAREZCA, SERÁ LA SOLUCIÓN”. (Spock, citando a sir Arthur Conan Doyle), Viaje a las estrellas.
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La Maga






Registrado: 10 Oct 2008
Mensajes: 433
Ubicación: buenos aires

Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Dom Nov 16, 2008 4:51 pm    Asunto: Responder citando

LOS HERALDOS NEGROS
Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán talvez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema

Y el hombre… Pobre… pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… Yo no sé!

Cesar Vallejo


PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA BLANCA
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
talvez un jueves, como es hoy de otoño.

Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y,
jamas como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.

César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro

también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…


C.V.
(Y murió un jueves en París.)


Dreamland de E. A. Poe (Muchos lo consideran buen prosista yo buen escritor.)

I


En una senda desolada y triste
que recorren tan sólo ángeles malos,
una extraña Deidad, la negra Noche,
ha erigido su trono solitario;
allí llegué una vez; crucé atrevido
de Thule ignota los contornos vagos
y al Reino entré que extiende sus confines
fuera del Tiempo y fuera del Espacio.


II


Valles sin lindes, mares sin riberas,
cavernas, bosques densos y titánicos,
montañas que a los cielos desafían
y hunden la base en insondables lagos,
en lagos insondables siempre mudos
de misteriosos bordes escarpados,
gélidos lagos cuyas muertas aguas
un cielo copian tétrico y extraño.


III


Orillas de esos lagos que reflejan
siempre un cielo fatídico y huraño,
cerca de aquellos bosques gigantescos,
enfrente de esos negro oceanos,
al pie de aquellos montes formidables,
de esas cavernas en los hondos antros,
vense a veces fantasmas silenciosos
que pasan a lo lejos sollozando,
fúnebres y dolientes...¡son aquellos
amigos que por siempre nos dejaron,
caros amigos para siempre idos,
fuera del Tiempo y fuera del Espacio!


IV


Para el alma nutrida de pesares,
para el tránsido corazón, acaso
es el asilo de la paz suprema,
del reposo y la calma en Eldorado...
Peo el viajero que azorado cruza
la región no contempla sin espantos
que a los mortles ojos sus misterios
perennemente seguirán sellados,
así lo quiere la Deidad sombría
que tiene allí siu imperio incontrastado.


V


Por esa senda desolada y triste
que recorren tan sólo ángeles malos,
senda fatal donde la Diosa Noche
ha erigido su trono solitario,
donde la inexplorada, última Thule
esfuma en sombras sus contornos vagos,
con el alma abrumada de pesares,
tansido el corazón, he paseado...
¡He paseado en pos de los que huyeron
fuera del Tiempo y fuera del Espacio!


y volveré con algunos más. Rolling Eyes

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Alex McStar






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Ubicación: Agujero negro IC 10 X-1, const. de Casiopea, galaxia IC 10. A 1'8 mill. de años-luz de la Tierra

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MensajePublicado: Mie Nov 26, 2008 12:22 am    Asunto: Responder citando

También me encanta César Vallejo. Gracias Maga.

Y es otro poeta, pero lo único que he leído de él son sus memorias, escritas de una manera muy poética, es uno de los libros más bellos que he leído, y precisamente se titula Toda la belleza del mundo. Este es un fragmento:

" El profesor Marek tenía un lema para animarnos. Solía decir que cualquier tonto puede aprender a dibujar. Entonces yo me consolaba a mí mismo pensando que lo lograría también, porque, sobre todo, no me consideraba tonto. ¡Eso sí que no! Sólo cuando hubiese aprendido a dibujar tendría ganada la batalla. Con los colores sería más fácil. Sí, pintaría.
De todas maneras, no llegué a ser pintor. Porque ocurrió lo siguiente: en la cuarta o en la quinta clase, más o menos, nos sugirió el profesor Marek que trajéramos de casa los modelos con los que montaríamos en la clase el bodegón propio. Mis compañeros de clase traían manzanas, naranjas, limones, floreros con rosas, diversas cajitas y candeleros. Yo también traje conmigo objetos para hacer una naturaleza muerta muy proletaria, que armonizara con el barrio obrero de Zizkov: una botella de cerveza, un vaso, una rebanada de pan y una salchicha envuelta en un papel grasiento.
Monté el bodegón sobre la mesa de dibujo y esperé, con los demás, a que el profesor diera su visto bueno. Cuando se me acercó, me miró y soltó con violencia:
-Por Dios, Seifert, quite esa salchicha. ¡No permitiré por nada del mundo que la pinte!
No tardé más que un par de segundos en comprender su preocupación. Y me quedé estupefacto. En aquel momento memorable decidí que sería mejor escribir versos. "

Jaroslav Seifert, Premio Nobel de Literatura 1984

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Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Mie Nov 26, 2008 6:25 pm    Asunto: Responder citando

Simpático relato, a veces parece que estamos frente a toda una eminencia literaria. Rolling Eyes

Mis respetos Alex McStar.

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Mauro






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MensajePublicado: Sab Nov 29, 2008 10:27 pm    Asunto: Responder citando

Oliverio Girondo.

DICOTOMÍA INCRUENTA

Siempre llega mi mano
más tarde que otra mano que se mezcla a la mía
y forman una mano.

Cuando voy a sentarme
advierto que mi cuerpo
se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse
adonde yo me siento.

Y en el preciso instante
de entrar en una casa,
descubro que ya estaba
antes de haber llegado.

Por eso es muy posible que no asista a mi entierro,
y que mientras me rieguen de lugares comunes,
ya me encuentre en la tumba,
vestido de esqueleto,
bostezando los tópicos y los llantos fingidos.

_________________
...Ambicionamos no plagiarnos ni a nosotros mismos, a ser siempre distintos, a renovarnos en cada poema, pero a medida que se acumulan y forman nuestra escueta o frondosa producción, debemos reconocer que a lo largo de nuestra existencia hemos escrito un solo y único poema...
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Alex McStar






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MensajePublicado: Lun Nov 09, 2009 2:12 am    Asunto: Responder citando

SAINT-JONH PERSE. IMÁGENES PARA CRUSOE*


LAS CAMPANAS

Anciano de manos desnudas
repuesto entre los hombres, ¡Crusoe!
llorabas, imagino, cuando desde las torres
de la Abadía,
como un flujo, se derramaba el sollozo de las
campanas sobre la Ciudad. . .
¡Oh Despojado!
Llorabas recordando los rompientes bajo la
luna; los silbos
de más distantes riberas; las músicas
extrañas que nacían y se asordaban bajo
el ala cerrada de la noche,
semejantes a los encadenados círculos que
son las ondas
de una concha, a la amplificación de
clamores bajo la mar.



EL MURO

El lienzo de muro está enfrente, para conjurar el círculo de tu sueño.
Pero la imagen lanza un grito.
La cabeza contra una oreja del sillón grasiento, exploras tus dientes con tu lengua: el sabor de las grasas y las salsas
infecta tus encías.
Y sueñas con las nubes puras sobre tu isla, cuando el alba verde crece lúcida en el seno
de las aguas misteriosas.
Es el sudor de las savias en exilio, la suarda amarga de las plantas silicuosas, la insinuación acre de los manglares carnosos y la ácida delicia de una negra sustancia en
las vainas.
Es la miel silvestre de las hormigas en las
galerías del árbol muerto.
Es un sabor de fruto verde que acidula el alba que bebes: el aire lechoso enriquecido
con la sal de los alisios. . .
¡Alegría!, ¡oh alegría desatada en las alturas del cielo! Las telas puras resplandecen, los invisibles atrios están sembrados de hierbas y las verdes delicias del suelo se pintan al
siglo de un largo día.



LA CIUDAD

La pizarra cubre sus techos, o bien la teja en
que vegetan los musgos.
Su aliento se vierte por el tiro de las
chimeneas.
¡Grasas!
¡Olor de los hombres urgidos, como de un soso matadero!, ¡agrios cuerpos de las
mujeres bajo las faldas!
¡Oh ciudad contra el cielo!
Grasas, aspirados alientos, y el vaho de un pueblo contaminado — pues toda ciudad se
ciñe de inmundicia.
Sobre la lumbrera del tenderete — sobre los cubos de basura del hospicio — sobre el olor de vino azul del barrio de los marineros — sobre la fuente que solloza en los patios de la policía — sobre las estatuas de piedra mohosa y sobre los perros vagabundos — sobre el chiquillo que silba, y el mendigo cuyas mejillas tiemblan en la cavidad de las
mandíbulas,
sobre la gata enferma que tiene tres pliegues
en la frente,
la noche desciende, entre el vaho de los
hombres. . .
—La Ciudad por el río mana hacia el mar
como un absceso. .
¡Crusoe! Esta noche, cerca de tu Isla, el cielo que se aproxima loará al mar, y el silencio multiplicará la exclamación de los astros
solitarios.
Corre las cortinas; no enciendas:
Es la noche sobre tu Isla y en su contorno, aquí y allá, dondequiera se curva el impecable vaso del mar; es la noche color de párpados, sobre los caminos entretejidos del
cielo y del mar.
Todo es salado, todo es viscoso y pesado como la vida de los plasmas.
El pájaro se arrulla en su pluma, bajo un sueño aceitoso; el fruto vano, sordo de insectos, cae en el agua de las caletas,
cavando su ruido.
La isla se adormece entre el circo de vastas aguas, lavada por cálidas corrientes y grasas lechadas, en la frecuentación de légamos
suntuosos.
Bajo los manglares que lo fecundan, lentos peces entre el cieno han descargado burbujas de su cabeza chata; y otros que son lentos, manchados como reptiles, velan. — Los légamos son fecundados. — Oye chasquear a las huecas bestias en sus conchas. —Sobre un trozo del cielo verde hay un humo apresurado que es el enmarañado vuelo de los mosquitos.— Los grillos bajo las hojas se llaman dulcemente.— Y otras bestias que son dulces, atentas a la noche, cantan un canto más puro que el anuncio de las lluvias: es la deglutición de dos perlas hinchando su gollete amarillo . . .
¡Vagido de las aguas girantes y luminosas!
¡Corolas, bocas de moaré: el duelo que apunta y se ensancha! Son grandes flores móviles en viaje, flores vivientes para siempre, y que no cesarán de crecer por el
mundo. . .
¡Oh el color de las brisas circulando sobre las
aguas calmas,
las palmas de las palmeras que se menean!
Y ni un lejano ladrido de perro que signifique la choza; que signifique la choza y el humo de la tarde y las tres piedras negras bajo el
olor de pimiento.
Pero los murciélagos cortan la noche blanda
con pequeños gritos.
¡Alegría!, ¡oh alegría desatada en las
alturas del cielo!
. . . ¡Crusoe!, ¡estás ahí! Y tu rostro se ofrece a los signos de la noche, como una invertida
palma de la mano.



VIERNES

¡Risas bajo el sol,
marfil! genuflexiones tímidas, las manos en
las cosas de la tierra. . .
¡Viernes!, ¡qué verde era la hoja, y qué nueva tu sombra, las manos tan largas hacia la tierra cuando, cerca del hombre taciturno, meneabas bajo la luz la azul corriente de tus
miembros!
—Ahora te han obsequiado un rojo andrajo. Bebes el aceite de las lámparas y robas en la despensa; deseas las faldas de la cocinera que es gorda y olorosa a pescado; miras en el cobre de tu librea tus ojos que se han hecho embusteros y tu risa, viciosa.



EL LORO

Este es otro.
Un marino tartamudo lo había dado a la vieja que lo vendió. Está sobre el rellano, cerca de la lumbrera, allí donde se mezcla al negror la sucia bruma del día color de callejón.
Con un doble grito, a la noche, te saluda, Crusoe, cuando, subiendo de las letrinas del patio, abres la puerta del pasillo y levantas ante ti el astro precario de tu lámpara. Vuelve su cabeza para volver su mirada. Hombre de la lámpara, ¿qué quieres de él? ... Miras el ojo redondo bajo el polen averiado del párpado; miras el segundo círculo como un anillo de muerta savia. Y la pluma enferma se remoja en el acuoso excremento.
¡Oh miseria! Apaga tu lámpara. El pájaro
lanza su grito.



EL PARASOL DE PIEL DE CABRA

Está entre el olor agrio del polvo, bajo el alero del granero. Está bajo una mesa de tres patas; está entre la caja de arena para la gata y el tonel desaherrojado en que se
hacina la pluma.



EL ARCO

Ante los silbos del hogar, transido bajo tu hopalanda floreada, miras ondular las dulces aletas de la llama. — Pero un chasquido agrieta la cantante sombra: es tu arco, guindado, que se rompe. Y se abre a todo lo largo de su fibra secreta, como la vaina muerta en las manos del árbol guerrero.


LA SEMILLA

En una maceta la enterraste: la purpúrea semilla adherida a tu traje de piel de cabra.
Y no ha germinado.



EL LIBRO

Y qué queja entonces en boca del lar, una noche de largas lluvias en marcha hacia la ciudad, removía en tu corazón el oscuro
nacimiento del lenguaje:
“... De un luminoso exilio — y más lejano ya que la rodante tempestad — ¿cómo guardar las vías, ¡oh Señor!, que me habíais
entregado?
“. . . ¿Sólo me dejarás esta confusión de la noche, después de haberme, en un tan largo día, nutrido con la sal de tu soledad,
“testigo de tus silencios, de tu sombra y de
tus grandes gritos?”
—Así te quejabas, en la confusión de la noche. Pero bajo la oscura ventana, ante el lienzo de muro frontero, cuando no podías resucitar el esplendor perdido,
abriendo el Libro,
paseabas un desgastado dedo por sobre las profecías, y luego, fija la mirada en el espacio, esperabas el instante de la partida, el levantarse del gran viento que te desellaría de un golpe, como un tifón, partiendo las nubes ante la espera de tus
ojos.


*Textos tomados de Antología Poética de Saint-John Perse, Colección “Los poetas”, Compañía General Fabril Editora, Buenos Aires, 1960.

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Sexo:Este usuario es un Hombre

MensajePublicado: Jue Nov 12, 2009 11:03 am    Asunto: Responder citando

Había oido algo sobre este último, pero encuentro su poesía poco poética y más narrativa. Es de gran belleza en ocasiones, pero me resulta más una lectura que una reflexión. No obstante, quién pudiera escribir asi jejeje

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