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La voz de don Federico

 
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Gades






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Mensajes: 377
Ubicación: Me voy encontrando

Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Lun Feb 02, 2009 5:46 pm    Asunto: La voz de don Federico Responder citando

Os dejo otra historieta de las mías. Ya veis, sin chantaje ni na, si es que estoy blandita. Very Happy


Que lo disfruten.


LA VOZ DE DON FEDERICO





Al comenzar la noche, el conde regresaba a su habitación, se sentaba en la butaca y me esperaba fumando en su pipa con calma, soltando bocanadas de humo. En un principio se enfadaba mucho cuando yo encendía la luz al entrar, rompía las bombillas, me gritaba… Cuando por fin nos acostumbramos el uno al otro, yo entendí que las velas no le molestaban tanto, y él dejó de gritarme. Entonces, con la habitación iluminada tan sólo por las pequeñas llamas parpadeantes de los cirios, don Federico me contaba su historia mientras me dormía acurrucada en la que fue su cama. Siempre comenzaba igual: “Si la hubieses conocido….”

El conde tenía una voz grave y varonil, hablaba despacio, como buscando las palabras adecuadas para que yo le entendiera, titubeaba, dudando de si se había expresado bien, de si yo le entendía. Su discurso era interrumpido tan sólo por la tos que de rato en rato le atormentaba. Yo nunca le interrumpía ni para preguntarle algo que me moría de ganas por saber. Temía que al hablar dejase de oír su voz.


“Ella… siempre sonreía, siempre estaba… feliz. Sus ojos eran… las estrellas que iluminaban esta casa, de día y de noche, en primavera y en invierno.”


Las primeras noches, tenía tanto miedo que temí volverme loca. No contaba nada del conde, a nadie. Luego, a medida que yo misma me fui acostumbrando, me animé a contárselo a mi novio, y se burló de mí. Me hizo sentir como una niña tonta inventando historietas. Esa noche lloré mientras escuchaba a don Federico. La tenue luz de las velas, las lágrimas y el humo de la pipa no me dejaban ver su rostro. Deseaba ver su mirada, deseaba que sus ojos me dijeran algo, pero no podía verlo. El conde seguía allí, hablando de su esposa, ignorando mi llanto. En aquel momento le odié, le maldije en silencio por existir y le maldije por ignorarme. Él era el causante de mi dolor, sólo por estar ahí, por hablarme. Y aun así, no podía dejar de escucharle. Aquella voz tenía algo especial, era como una droga para mi cerebro.
“Daba igual lo que pasara en la casa…o en nuestra vida, Paloma jamás permitía que le robasen la sonrisa. … Esa era mi felicidad”


Como Jorge se burló de mí, no quise volver a hablarle de don Federico. La existencia del conde quedó para mí sola. Nadie más lo sabría. Así, cada noche, cuando me iba a dormir, apagaba todas las luces, encendía un par de velas y me iba con ellas a mi habitación, a nuestra habitación. El siempre estaba allí, puntual, esperando. Al entrar, intuía una sonrisa en su rostro, aunque no podía verlo, aunque siempre quedase en la sombra. Yo sabía que en silencio se alegraba de verme allí, de que le escuchase una noche más.


“Yo pensaba… que si Paloma dejase de sonreír algún día… No, eso no podría permitirlo. Su sonrisa era mi vida”


Aquella forma de hablar de su mujer me generaba una cierta envidia. Jorge jamás hablaría así de mí. Era un recuerdo tan hermoso… Era tanta la ternura que despertaban en mí sus palabras… A veces sentía la tentación de encender la luz para ver su rostro, pero no quería molestarle y me quedaba acurrucada bajo las sábanas. Me conformaba con ver su perfil en la butaca del rincón, con el único movimiento del humo en cada nueva bocanada de la pipa. Deseaba hablarle, preguntarle cosas sobre él que no contaba. Sin embargo, callaba; no sabía lo que podría pasar si le hablaba. ¿Le molestaría, como la luz? ¿Se callaría y no volvería a hablarme? ¿Se iría para siempre? Y yo no quería dejar de escuchar a aquel hombre tan educado hablando con tanto amor de su mujer.

“Ver su rostro cada mañana a mi lado, tan delicado como los pétalos de una rosa, era el despertar más feliz que se podía tener. Ella siempre estaba conmigo, nunca me fallaba. Era lo único seguro en mi vida.”

Yo me quedaba dormida en el momento en que él callaba, pero no sabía cuando se iba. Nunca le escuchaba marcharse. Al despertar, miraba siempre hacia la butaca del rincón. No había nadie. En la habitación tan sólo quedaba el humo de su pipa y mi recuerdo de sus palabras. Me apenaba no tenerle a mi lado durante el día. Me sentía sola en la casa. Deseaba escuchar su voz más tiempo. Me esforzaba en recordar lo que había dicho la noche anterior, pero no era lo mismo que escucharle a él, con su pausado hablar, con su gravedad. Imaginaba sus labios moviéndose en aquel ritmo tan delicado y un leve cosquilleo recorría mi cuerpo.

Un día, estando en la biblioteca, me pareció sentir su presencia, me giré buscándole pero no estaba. Tomé un viejo libro de la estantería y me senté a ojearlo. Entonces escuché su voz de nuevo, con toda claridad.

“Ella leía mucho. Le encantaba sentarse en esta sala con cualquiera de estos libros en las manos. Yo sentía celos de los libros y aún así… aun así la amaba mientras leía.”

No le busqué en la habitación. Estaba allí, conmigo. Por fin me acompañaba también de día. De vez en cuando, por la casa, era un placer escuchar su voz a mi lado, siempre con palabras agradables.

Pronto, la comparación fue inevitable. Miraba a Jorge cuando me hablaba buscando la misma voz, las mismas palabras, pero no era igual. La voz de mi novio comenzó a resultarme desagradable y sus palabras groseras. Nunca tenía un gesto hacia mí. Miraba sus labios y mi mente recordaba al conde, su voz. Dejó de apetecerme quedar con Jorge, con él me sentía mal. Buscaba estar más tiempo en casa, sola, para poder escuchar a don Federico, para sentirme acompañada.

“ A Paloma no le gustaba estar… sola. Le gustaba estar cerca de mí y eso me hacía sentir… importante para ella.”

Me hubiese gustado decirle que también era importante para mí, pero supuse que ya lo sabía, que la sonrisa en mis labios bastaría para que entendiera cuánto suponía para mí que él estuviese a mi lado y me hablase.

Recuerdo aquel día en el cine con Jorge. Veíamos, como siempre, una película de acción.

“Paloma tomaba mi mano y se abrazaba a mí cuando se sentía insegura.”

Miré a Jorge con la primera intención de tomar su mano, pero estaba devorando la película y las palomitas como un cerdo. Me sentí mal, le tuve asco y salí de allí corriendo. Salió tras de mí preguntando qué me pasaba, porque había actuado así, si me encontraba mal. No podía contarle el motivo. No lo entendería, se burlaría otra vez. Empezamos a distanciarnos y a discutir cada vez más y yo me sentía cada vez peor a su lado. Mi consuelo era siempre llegar a casa y encontrar de nuevo la voz de don Federico, su dulzura, su compañía.

“Salíamos al jardín en primavera y admiraba… su belleza, su frescura. Era tan jovial que cada vez me parecía… más joven, que los años… ni le rozaban al pasar”

La envidia hacia aquella mujer empezó a roerme las entrañas. Ella era amada, era todo para Federico. Y yo… ¿Qué mierda era yo? Jorge adoraba su propio ego, nunca me decía nada agradable, yo no pintaba nada. Y Federico… él sólo hablaba de su mujer. Sentía celos, rabia. Odiaba a Paloma, odiaba a Jorge, me odiaba a mí misma. Odiaba y amaba al mismo tiempo la voz del conde que me hacía temblar, que me hacía sentir importante, que me hablaba a mí y sólo a mí, con la mayor ternura.

Hice un esfuerzo, intenté buscar en Jorge lo que me gustaba de él. Quise ser feliz a su lado, que de nuevo me hiciese sentir feliz. Salimos a cenar, lo pasamos bien, creo. Luego quiso venir a casa. No podía permitirlo. Era la casa de Federico, él estaba allí. No podía dejar que Jorge entrase. Insistió toscamente. No entendió mi negativa. Nunca me entendía.

“A veces le gustaba estar sola, alejarse un poco de mí. Y en esos momentos… la amaba más. Su independencia, su fuerza…Yo era importante en su vida, pero no lo era todo, no podía serlo todo. Ella era… mucho más que yo”

- Déjame. Él lo entendería. Contesté a Jorge dándole un empujón.

Entré en casa llorando. Apagué todas las luces, encendí las velas y fui directa a la habitación. Me tumbé en la cama boca abajo, sin parar de llorar. Quería escucharle pero le odiaba, les odiaba a los dos, a Jorge por no ser como él y a él por no ser Jorge. Estaba allí, como siempre, fumando y hablando quedamente. Pero le odié, esa noche tan sólo le odié.


Pasé unos días encerrada en mi dolor, no sé cuantos, hasta que Jorge vino a buscarme. El estaba allí, hablándome de lo que me estaba pasando, pidiéndome que buscase ayuda. El conde también estaba, hablando de Paloma, como siempre, pero ya no quería escucharle, quería escuchar a Jorge, quería entender. Acepté visitar a un psiquiatra en su compañía. Total, pensé, no puede hacer nada.

Antes de la visita al doctor, durante esas noches, don Federico seguía llegando puntual a la habitación. Seguía hablando, aunque ya, no le quería escuchar.

“Si la hubieses conocido… Pero a veces pienso que yo tampoco la conocí. Aquellos momentos de soledad se fueron haciendo más largos, más… frecuentes. De alguna forma sentía que la perdía, pero… ¿qué podía hacer?”

El doctor escuchó a Jorge sin mirarme siquiera. Jorge le hablaba de aquella vez que le conté lo del conde, de cómo me había ido volviendo más distante, de mis silencios, de miradas extrañas, de la gran cantidad de velas que gastaba por las noches en la habitación, del humo y la oscuridad que había en mi casa, de mi comportamiento en el cine, de mi reacción de días antes. Me sentí como una muñeca, desnuda ante aquel desconocido que no dejaba de tomar notas sin mirarme. Pero entonces aquel hombre levantó la cabeza y me miró. Tenía barba, yo siempre me había imaginado a los psiquiatras con barba, y me preguntaba qué pretenderían esconder tras ella. No me fiaba. Tenía los ojos azules. No te fíes de los ojos claros, me decía mi madre de pequeña. Los hombres de ojos claros son malvados. Por eso se alegró cuando conoció a Jorge, él tenía los ojos marrones, muy oscuros. Jorge era muy moreno, no como aquel hombre. Me preguntó si el conde estaba allí en aquel momento. Contesté sarcástica. Cómo iba don Federico a presentarse en aquel lugar tan vulgar, ante aquel tipo que no creía en su existencia. Pero en ese momento oí su voz. Giré la cabeza a un lado para escucharle mejor.

“A pesar de que ella se apartaba de mí cada vez más, yo no podía dejarla, siempre estuve a su lado.”

Reaccioné enfadada. ¡Otra vez ella!

- ¿Cómo dice? Preguntó el psiquiatra.
- No he dicho nada. Le contesté

Entonces intentó explicarle a Jorge lo que me pasaba, intentó explicármelo a mí. Me pareció ridículo. Qué podía saber él del conde, él no sabía nada de nada. Me recetó unas pastillas, me dijo que mejoraría. Yo sólo quería dejar de oír hablar de Paloma.

Los días siguientes el conde seguía visitándome por las noches, pero ya no estaba esperando cuando yo entraba en la habitación con las velas. Llegaba después y tardaba en hablar. Su voz seguía siendo grave y varonil, su delicadeza al hablar seguía haciendo que imaginase sus labios y temblase, pero seguía hablando de Paloma.

“Ella se fue convirtiendo en una mujer silenciosa, dejé de escuchar su alegre risa en la casa, se apartaba de mí, se aislaba cada vez más”

Durante el día buscaba su voz en la biblioteca, me sentaba a leer esperando que él me dijese algo. Pero ya no quería hablar conmigo. Jorge me visitaba más a menudo, me cuidaba, pero yo seguía comparándole con él. Su voz, no, su voz no era lo mismo.

“Me apenaba perderla así; teniéndola a mi lado y sin tenerla. Siempre ausente. Pero yo la seguía amando”

Una noche, al irme a dormir, iba a encender las velas, como siempre, pero no lo hice. Total, pensé. El ya no es tan puntual. Si quiere vendrá luego, cuando la luz esté apagada. Y así lo hizo. Cuando ya estaba todo a oscuras noté el aroma de su tabaco. Estaba allí.
“Si la hubieses conocido… Pero no puedes. A ella le pasó como a ti.”

Entonces, para mi sorpresa, se levantó y se acercó a la cama. Pude ver su rostro tenuemente iluminado. Tenía algo de barba, muy cuidada, enmarcando una boca pequeña, y pude ver sus labios mientras hablaba.

“Se volvió loca… y me abandonó”

Su mirada azul me dolió como si me hubiesen clavado un puñal. Encendí la luz gritando. ¡No!. Ya no estaba, se había ido. No había humo ni olor a pipa en la habitación.

Esa fue la última vez que el conde me habló. La única vez que le vi. Ahora, de vez en cuando miro la medicación y me pregunto si no será mejor tirarla a la basura. Jorge me cuida, sí, está conmigo, pero no habla igual. Su voz me resulta tosca y sus palabras vulgares. Sus ojos me miran temerosos y desconfiados. No me siento bien con él, no es lo mismo. Echo de menos a don Federico, su compañía. Me siento culpable de haberle abandonado, siento haberme apartado de él. Me gustaría volver a verle, volver a escuchar su voz,… aquella voz.



……………………………………….


Y ahora, por favor, tómense las pastillas.

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Caronte
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Registrado: 27 Sep 2008
Mensajes: 1812


Sexo:Este usuario es un Hombre

MensajePublicado: Mar Feb 10, 2009 8:34 pm    Asunto: Responder citando

Sin palabras, Gades. Hacía tiempo que no leía un relato que, sin ofender a ninguno de los foreros, me metiera tanto en el papel y me ambientara tan bien. Todos tienen su punto, pero ese conde...me ha atrapado. Y cuando se acercó a mirarla...te juro que casi podía ver su cara;ya sabes que estoy algo loco, pero te juro que es cierto.
Entre los microrrelatos de Gann y tú me están haciendo ganar una afición por la lectura de las novelas de este foro que da gusto. Muchas gracias por ello WinkWink Mil besos, guapa

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OldTree






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Mensajes: 654
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Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Mar Feb 10, 2009 11:57 pm    Asunto: Responder citando



Me ha gustado mucho.
Mas que dramático, me ha parecido
delirante
surrealista
disparatado
enloquecedor...

El conde que malo, volvió loca a la mujer y ésta le abandonó.
Hizo bien.
La pena es del novio, demasiado bueno para ella.
Suele pasar...
asi que se lleven al novio al psiquiátrico...
por pusilánime, si es que me apetece... Uffff

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¿No es increible todo lo que puede tener dentro un lápiz?
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Gades






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Ubicación: Me voy encontrando

Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Mar Feb 17, 2009 1:31 pm    Asunto: Responder citando

Gracias chicos.

Pobre novio, que no se lo lleven a ningún sitio, y menos al psiquiátrico.

Caronteeeeeee, No te metas en el papel del conde, que si existe, debe ser que está un poco muerto, jooo. Y si el conde te ha gustado...... te invito a conocer al asesinoe que os he presentado en reflexiones.

Besicos y gracias por vuestra lectura. Se agradece más de lo que imaginais.
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Kala
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Registrado: 26 Sep 2008
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Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Mie Mar 11, 2009 4:01 am    Asunto: Responder citando

Todos lo aplausos que pueda hacer me parecen pocos, todas la palabras que pueda utilizar para decir cómo me ha gustado este relato se quedan cortas.
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Gades






Registrado: 02 Oct 2008
Mensajes: 377
Ubicación: Me voy encontrando

Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Mie Mar 11, 2009 6:02 pm    Asunto: Responder citando

Gracias Kala.

Jolín! Voy a tener que presentaros al mejor de mis críticos, es decir, al que más me critica lo que escribo. Parece que hableis de relatos diferentes.

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