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El Extranjero - Albert Camus

 
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Alex McStar






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MensajePublicado: Lun Feb 08, 2010 1:20 am    Asunto: El Extranjero - Albert Camus Responder citando



A veces la literatura agota ciertos campos y todo lo que puedes decir sobre un libro y autor es que lo leíste tal o cual año y que, por las razones que sean, algo pasó al leerlo, y las cosas, luego, adquirieron otro ritmo. Tal vez eso pasa cuando vuelves a leer El Extranjero, y toda la carga académica de teorías y flujos, de existencialismo y discusión, se apoderan del texto. Está bien que así sea. El asunto es poder salir del espacio de la reducción para entrar en la experiencia de la significación individual. La lectura, supongo, es una experiencia individual que responde a códigos indefinibles. No pretendo invalidar lo otro, muy por el contrario, la coexistencia es siempre una virtud. La lección no es una; la pluralidad de los textos siempre asume una condición de especial nobleza.

Las páginas de El Extranjero son el territorio de una ajena biografía que por leerla la haces algo propia. El ritmo de Mersault, el ritmo del lenguaje que Camus le entrega al personaje, no impone desbordes. Contención, justeza, medida racional, son las constantes de un lenguaje que juega a ser novela, que deviene en biografía, que deviene en relato confesional.

Los sentimientos por la muerte de la madre, la reacción de la justicia por el asesinato del árabe, la desidia de los acontecimientos vividos y por vivir, son parte de un panorama que camufla las intencionalidades en una vida que asume la convención social como un elemento con el que se enjuicia al otro. Los modelos que adquieren los sentimientos, las manifestaciones de pena y dolor, la latencia de la muerte, desembocan en un relato social conocido, que no da espacios a la diferencia. Mersault elige lo otro; opta por no tener respuestas, por no saber. El sujeto prefiere la diferencia.

Sin embargo, respondí que había perdido un poco la costumbre de interrogarme y que me era difícil informarle. Sin duda quería mucho a mamá, pero eso no quería decir nada. Todos los seres normales habían deseado más o menos la muerte de aquellos a quienes amaban.

Hay una conciencia de saberse en un mundo absurdo. Una especie de aviso de que las acciones sólo adquieren justificación en la medida que los órdenes sociales dotan de un contenido –entendido como fin- a los actos. Sin el mandato social, la libertad adquiere la más terrible de las formas: la de saber y reconocerse inútil. Pero en esa inutilidad es donde el arte viene a ocupar el lugar de privilegio. Camus escribe buscando demostrar su justificación de ser y estar. Al leer, uno comete una similar operación.

La tentación es quedarse inmóvil. Por más que el absurdo de los actos sea la definición de nuestras vidas, el arte es la confirmación del deseo. Una exploración que no termina en el encuentro. El arte, la escritura, como una exploración que no se agota. Y tal vez ésa sea toda su razón de ser. Porque mientras en El Extranjero el personaje sólo debe esperar el fin de sus días, el autor –con ese juego de ausencias y presencias que protagoniza en todo texto- encuentra una razón en esa exploración a la desidia, al sin sentido, a la escritura como método y fin.

El lector también opera con una similar disciplina. Aborda el texto como quien reescribe. Se sumerge en el ritmo de una prosa que sabe hacia donde va, en una asfixia que contagia por donde pasa. Esa conducta no le es ajena a Mersault. El protagonista de El Extranjero es un espectador del mundo, un visitante, así como el lector lo es del texto. Alguien que se sabe de paso. Mersault como un lector de la sociedad contemporánea; un lector que reconoce la inutilidad del gesto, pero también lo valiente del mismo. Un lector que cerca del final reconoce un atisbo de verdad, aunque no importe, aunque nunca nada importe y eso sea todo el éxito al que se puede aspirar.

Parecía estar tan seguro, ¿no es cierto? Sin embargo, ninguna de sus certezas valía lo que un cabello de mujer. Ni siquiera estaba seguro de estar vivo, puesto que vivía como un muerto. Me parecía tener las manos vacías. Pero estaba seguro de mí, seguro de todo, más seguro que él, seguro de mi vida y de esta muerte que iba a llegar. Sí, no tenía más que esto. Pero, por lo menos, poseía esta verdad, tanto como ella me poseía a mí. Yo había tenido razón, tenía todavía razón, tenía siempre razón. Había vivido de tal manera y hubiera podido vivir de tal otra. Había hecho esto y no había hecho aquello. No había hecho tal cosa en tanto que había hecho esta otra. ¿Y después? Era como si durante toda la vida hubiese esperado este minuto… y esta brevísima alba en la que quedaría justificado. Nada, nada tenía importancia, y yo sabía bien por qué. También él sabía por qué. Desde lo hondo de mi porvenir, durante toda esta vida absurda que había llevado, subía hacia mí un soplo oscuro a través de los años que aún no habían llegado, y este soplo igualaba a su paso todo lo que me proponían entonces, en los años no más reales que los que estaba viviendo.

Esbozo la idea de Mersault como lector, pero sé que se podría figurar de muchas maneras. Mersault como un inequívoco interpretador, como alguien que realiza una exégesis que pocos quieren oír. Esa condición extranjera que es la única que nos permite observar las cosas desde otro lugar. Una condición extranjera que es también cierta actitud que el lector asume frente a los textos. Leer desde otro lugar, desconfiar, asumir que la patria no sabemos dónde está y que tal vez sea bueno fundarla ahí mismo, en el medio del texto.

Camus, en el discurso que pronunció cuando ganó el Premio Nobel, declaró que él perseguía dos fines: uno era la verdad, el otro la libertad. La confianza del autor argelino-francés sobre esos fines no será discutida. No obstante, son esos mismos dos valores los que Mersault articula como mecanismos para develar la supuesta trampa del mundo. Reconocer lo verdadero, vivir en libertad. Reconocerse libre al vivir en lo verdadero.

Tal como Camus, los lectores dibujan su mapa de lecturas apoyados en máximas parecidas. Las discusiones sobre la existencia de ambos conceptos no son pertinentes, he dicho. Lo que Camus buscaba, lo que Mersault perseguía, recae en una confianza que se aleja del nihilismo para entrar en una zona diferente. Esa zona tiene más que ver con un desarraigo que sienten aquellos que alguna vez pensaron que existía algo en lo que confiar. Mersault es también el protagonista de un capítulo más del desencanto moderno. Digo esto entendiendo la modernidad como esa época en que aún se pensaba que había una verdad que alcanzar. Los años de una utopía que comienza a desgastarse.

Comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa en la que había sido feliz.

La felicidad rota es el comienzo del camino hacia una revelación mayor. Mersault conversa con la historia, porque el tránsito que realiza es una operación de escepticismo y distancia en la que se sumergirán gran parte de los discursos que vendrían luego. Un escepticismo que tiene un pequeño triunfo: recordar los episodios de lo que alguna vez fue utopía, sabiendo que no volverán más porque todo se cumplió.

R.S

http://laperiodicarevisiondominical.wordpress.com/2009/09/

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