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EL CACIQUE CAROYAPA

 
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Alejandra Correas Vázquez






Registrado: 20 Sep 2011
Mensajes: 53




MensajePublicado: Dom Nov 27, 2016 2:47 am    Asunto: EL CACIQUE CAROYAPA Responder citando

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EL CACIQUE CAROYAPA
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por Alejandra Correas Vázquez


Un niño pequeño y solitario corretea por las arcadas de la señorial Casa de Caroya (Jesús María prov. de Córdoa-Argentina). La sombra del cacique Caroyapa se proyecta sobre las paredes y él cree jugar con ella, admira su lujoso atuendo de colores donde el rojo predomina, e intenta tomarlo de la mano. Reconoce que es el dueño verdadero del lugar, pero el antiguo cacique retrocede en fuga dejándolo solo. Numerosas voces lo acompañan, juveniles algunas, severas otras; y otras de lenguas incomprensibles para él, incluso diversas, americanas y europeas que el niñito no sabe aún interpretar. Sus figuras fugitivas corretean por las paredes, asombrándolo y cautivándolo dentro de su niñez solitaria, rodeado siempre de personas mayores. Las paredes le hablan y transmítenle ideas, sugerencias, con sus voces dispersas ora alegres, ora trágicas. Esas almas vagantes e inexistentes, son su única compañía real.

No hay otro niño de su edad en aquel lugar —que fuera antaño un recinto escolar universitario— es el año de 1845 y como no tiene con quién jugar, su papá le trae un compañerito llamado Luciano. Es algo mayor que él y posee agradable sonrisa, el cual jugará entusiasta con este niño solo, desde ese momento y para siempre. Aún no sabe que en realidad es su hermano. Pero observa que su mamá, bella y jovencita, de la edad de sus hermanos mayores (los hijos del anterior matrimonio de su padre) ...esta niña apenas incipiente que ahora es el ama de Caroya, comienza a tratar al recién llegado con ternura y de a poco, el niño nuevo la llamará “mamá” como él.

Un niño ante la soledad, admite compartirlo todo. Incluso a su madre. Como comparte todos sus juguetes con él ––muy abundantes para este infante rico y solitario– y Luciano que hasta ese momento era un desconocido, comienza a sentirse de a poco como el “pequeño hermano mayor” y a responsabilizarse de él.

Así de pronto, ya no juega más solo este pequeño infante rico Santiago, hasta entonces acompañado únicamente por voces de fantasmas amigas... sino con una voz auténtica : la de otro niño. La de su hermano Luciano, incorporado finalmente a la familia. Aunque en los documentos declara el padre que él ha tenido un solo hijo de su adolescente esposa –Justina Narvaja Marín– ella, empero, criará a este niño que siempre la llamará como si fuese su mamá.

Nunca se supo con exactitud quién fuera la madre real de Luciano, pero se sobrentendió entonces, que pertenecía a una familia educada y de buen linaje que quiso siempre mantener su apellido en reserva. Ella había sido desposada con un caballero citadino de cierta figuración, y aunque Luciano (que iba a destacarse por su capacidad social) al parecer, mantenía una relación muy fluida con ella, como un lazo que había perdurado, la incógnita nunca fue develada.

Tenía al llegar cuando fue reconocido por su padre (nació en la viudez de éste) muy buenos modales. Luciano leía y escribía, siendo evidente en él una buena formación, lo que le valió el arraigo junto a la joven Justina, la cual habría de encariñarse con él. Era comunicativo, así como Santiaguito era muy reservado, ya desde la infancia y seguiría siéndolo siempre, hacia adelante. Luciano dejó una descenden¬cia destacada en Córdoba con tendencia a la vida social, que posteriormente radicóse en la ciudad de Fraile Muerto. En la hijuela del testamento que dejará su padre a ambos niños, dótalos de partes iguales en los campos vecinos que les asigna, señalando la necesidad de mantener una participación societaria. Allí les llama (aún eran niños) Don Santiago y Don Luciano, forma especialmente castiza. Corre el siglo XIX.
El nuevo niño era mundano y muy distinto al pequeño solitario, cuyo carácter aislado (fuera propio o adquirido entre los vacíos corredores de la Casa de Caroya) mantúvose siempre.

La fascinación de aquellos antiguos claustros jesuíticos (ahora habitados por él y familia) dieron a Santiago una peculiar atmósfera para pasar su primera infancia. Caroya estaba llena de imágenes mágicas, quizás inexistentes, pero reales en su entorno. O en la fantasía de un niño aislado. Muchas veces creía ver a la imagen del Gran Cacique con toda su pompa nobiliaria, con su atuendo principesco. Caroyapa le interrogaba, inquieto y curioso, por su presencia en aquel lugar. Como ante un invasor a quien el Curaca no había previsto en sus predios ...Pero era un niño... El gran cacique, antiguo aliado de las huestes de Loyola y que ayudóles junto a su tribu, a levantar los elegantes edificios, estaba intrigado con estos nuevos habitantes.
El niño no le temía y gustaba hablar con él. Describía su atuendo insólito a sus contertulios –padre, madre, hermanos mayores y esclavos– los cuales resolvieron debido a ello, buscarle una compañía real. Pero aún así, el pequeño estaba muy aficionado a sus fantasmas (quienes fueran su única compañía en el período de soledad) de este modo quiso presentárselos al hermanito recién venido, para compartirlos con él. Como ahora compartía a su mamá y a sus juguetes.

Luciano, el hombre de mundo, que ya iniciaba sus artes sociales al incorporarse a una nueva familia con éxito –y que era en realidad la de él– aceptaría el reto, los viera o no. Si estaba en juego la “société” era suficiente para darles bienvenida. Y Santiaguito quedó así encantado con el niño recién llegado.

Eran muy importantes los fantasmas de Caroya para este pequeño solitario. El gran Cacique Caroyapa, que fuera alma máter de la construcción de Jesús María, habíase convertido en parte de él mismo. Las voces extrañas articulaban diversos idiomas, y seguía escuchándolas por la soledad de los corredores. Estaba acostumbrado a sus fantasmas y veíalos con un libro en la mano, con su vestimenta de Jesuita, leyendo al sol o apoyados en las arcadas. Por momento esas voces volvíanse trágicas... Dolorosas. Angustiantes. Oíanse gritos y ruidos de cadenas. Imperiosas algunas. Voces de mando que invadían la paz de la gran Estancia. Las lágrimas del Cacique Caroyapa rodaban entonces con lágrimas de sangre. Toda la extensión espléndida de Jesús María quedaba dominada por el terror.

Los habitantes puebleros de la zona, los gauchos que ahora trabajaban para su padre, hablaban con el niño de esas voces ...¡Porque los Jesuitas para ellos aún estaban allí!... continuaban residiendo en aquel lugar. Todo manteníase intacto, como antes, para aquellos puebleros “guasos” (como entonces se les llamaba) gente simple de a caballo, fieles y dignos gauchos de antaño, estoicos y viriles que nunca podían olvidarlos.

Sus opresores –los soldados del rey Carlos III– habían venido a encadenarlos y deportarlos. Pero la fidelidad gauchesca manteníase incólume al atropello, a las vilezas que vieron cometer y que estos guasos nunca perdonarían.
Influyó mucho en la zona de Jesús María adonde San Martín vino a buscar caballos y soldados, vino y armas blancas para su empresa libertadora, la entereza criolla que no había podido perdonar aquel cruento suceso. Y que en lo interno de su corazón querían vengar a los Jesuitas expulsados, cincuenta años después. Hijos y nietos de aquellos gauchos que intentaron defenderlos (facón contra arcabuz, quedando la tierra de Caroya roja de sangre criolla) acompañaron al libertador San Martín para cruzar la Cordillera de los Andes. Y como buenos jinetes participaron de sus batallas. Eso sí, ahora armados con pólvora.

En todas las antiguas casas jesuíticas de Córdoba, se vieron y se escucharon fantasmas. Sea porque la población se negaba a desprenderse de ellos. Sea porque hubieran tenido un rápido final trágico (al salir prisioneros y encadenados con destino ignoto). Y aunque dos décadas después hubo informes sobre algunos de ellos desde Europa, de aquellos profesores que salieron de la Docta Córdoba –la ciudad donde crearon la universidad más austral del continente americano en 1622– esposados y atados entre sí cual rebaño, nunca faltaron las referencias mágicas.

O parapsicológicas. Era frecuente la insistencia sobre la aparición de los maestros Jesuitas como “ánimas en pena”, quienes retornaban de esa forma mistérica hacia Córdoba, la aislada ciudad que ellos amaron, hicieron crecer y cultivaron con paciencia. Una comunidad sudamericana que a su vez, tánto los habían amado.

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