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La concubina del rey

 
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BLADERUNNER






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MensajePublicado: Vie Jul 20, 2012 3:11 pm    Asunto: La concubina del rey Responder citando



LA CONCUBINA DEL REY- VÍCTOR VIRGÓS-

El aroma del incienso flotaba como una coral de ángeles vengadores sobre los orantes congregados en la catedral de Sioni.

El aire, que estaba anegado de fragancias agridulces, transportaba en sus alas sagradas los cánticos georgianos de las cristalinas voces femeninas que entonaban salmodias hipnóticas, que sonaban a conjuros de hechiceras.

Berenice Atravesó la majestuosa catedral policromada con la mirada clavada en el suelo, en actitud de sumisión y cese de voluntad, tal y como había sido aleccionada durante meses en el monasterio Samtavro.

Su larguísima capa carmesí, de elegante y fino raso, barría el pavimento como un reguero de hematíes o un cauce de sangre vertida en alguna cruenta batalla.

En el trono deslumbrante le esperaba el envanecido regente Vakhtang Gorgasali.

La mujer embozada se detuvo un instante y levantó la mirada, algo totalmente vetado e irregular, para clavar sus pupilas en las del monarca.

Éste rezongó malhumorado. Había en la mirada de su sierva odio glacial, pétrea determinación...

Aquella actitud inesperada de negligente libertinaje era imperdonable. Recibiría un castigo ejemplar...

La muchacha rectificó de inmediato su desliz, fingiendo una turbación espuria que no sentía, no sin antes contemplar más tiempo del comprensible a las dos infantes sirvientas replegadas como gusarapos ante los pies dle autócrata.

La sospecha encendió una llama de advertencia en los ojos diabólicos del rey. Inmediatamente acallaron su gemido los recelos.

Berenice volvía a ser la concubina dócil a quien había sojuzgado con mano férrea durane meses. Las profundas cicatrices que surcaban la límpida y clara epidermis eran el distintivo de su correctivo.

A una señal de Vakhtang Gorgasali las dos precoces doncellas se levantaron y retiraron la túnica bermeja que ocultaba la hermosísima y curivlínea desnudez de Berenice.

El crápula monarca sonrió lascivo, henchido de lujuria. Adoraba aquella sensación de supremacía anuladora que degradaba tanto a su concubina predilecta.

El rubor que arrebolaba sus mejillas pálidas, exangües, eran la faz antagonista del fulgor llameante de sus labios rojos.

Con una mano displicente despidió a sus esbirros. Los cánticos remitieron al unísono y sus portavoces se coaligaron con el grupo de clérigos que partía.

En ese instante, el rey supremo izó nuevamente su mano a modo de profeta iluminado y el silencio se convirtió en la brida que refrenó la marcha de quienes estaban a punto de abandonar el sagrado recinto.

Como autómatas, los integrantes del ritual privado en ciernes se dispusieron en círculo en torno a un enorme camastro de suntuosidad regia, donde yacía Berenice, desnuda, preparada ya para satisfacer la libidinosa urgencia amatoria del concupiscente Vakhtang.

De nuevo se produjo la incoridiosa y fugaz mirada esquiva, renuente a descender su proyección hacia el suelo que hollaban sus pies de esclava.

El monarca buscó encolerizado la causa que producía tanta reincidencia distractoria. Creyó encontrarla en la pequeña Tamanyan; una insignificante pordiosera que había rescatado de entre la inmundicia de Abanotubani años atrás.

Había abusado de ella media docena de veces, con una crueldad feroz e inhumana, hasta convertirla en una muñeca de trapo desastrada.

El prepotente Vakhtang se preguntó si a su concubina le incomodaba la presencia de la mocosa, o si existiría un motivo ulterior que propiciara la iterativa conexión visual entre ambas.

Pero... ¿qué vínculo podría existir entre su magnífica odalisca y la pordiosera pedigüeña que había descerrajado y usado como un juguete de salaces perversiones?

Entonces se tranquilizó al descubrir otra vez el inconfundible arrebol de la verecundia instalado en su hermoso semblante maquillado con primor.

Las miradas impúdicas y los ademanes groseros de los irreverentes clérigos mantenían a su esclava en un estado casi vegetativo, tal y como había porfiado Vakhtang en lograr durante interminables sesiones de aherrojamiento y sometimiento tenaz.

La mirada soslayada se convirtió enseguida en un pasaje imaginario, como una bruma caliginosa que se disipa ahuyentada por el filo de una cimitarra incandescente.

El fatuo monarca se desprendió de su burda túnica negra y se desplomó sobre el cuerpo esbelto de Berenice como una marsopa herida por un letal arpón.

La mirada conectiva, ese puente indescifrable que uniera por un instante fugaz a la jovencísima lacaya con su flamante odalisca, se había esfumado ya de su pensamiento mientras su cuerpo orondo, como de mandril barrigudo y perdulario, subía y bajaba como un tobogán escacharrado que maceraba el vientre plano de la complaciente Berenice.

Se había acostumbrado ya a la panza fofa y descarrilada del rey. Se había acostumbrado a su tacto acolchado, como de plumas de ánsares, como de globo pinchado que fuera perdiendo fuelle con cada nueva acometida torpona y tosca.

La siniestra congregación de adláteres rumiaba commo el ganado vacuno ante la visión delectable del prado verdoroso y húmedo. Esperaban su turno, como chacales famélicos, entre magreos e intenciones solapadas que revelaban la intensidad de su lujuria inapropiada.

El ritual del martirio y degradación de la esclava consistía en un sórdido cónclave de almas pútridas de clérigos donde Berenice simbolizaba la corrupción, la tentación y el pecado que, uno vez disfrutado, debía ser erradicado de la faz de la Tierra.

Extendió los brazos y los replegó por detrás de la cabeza. Vakhtang Gorgasali se detuvo alarmado. No se fiaba de su esclava. Hoy se mostraba extremadamente negligente, descuidada, díscola e inquieta, desobediente e imprudente.

Se removía como una anaconda nerviosa. Y luego estaban las miradas.. las miradas cómplices de su odalisca con la pordiosera.

Berenice le sonrió deliciosamente, como si hubiera captado el curso de su conturbación, y posó sus manos blanquecinas y alargadas más alla´de la rabadilla, instándole a proseguir con su monótona y reumática cabalgadura aséptica de jamelgo envejecido.

El monarca reprodujo en su boca "ratuna" una sonrisa maliciosa y socarrona. Entonces reanudó aquel ejercicio mecánico de pretensiones amatorias. Le complacía comprobar que su odalisca disfrutaba con las vejaciones que le suministraba delante de tantos testigos excitados y dispuestos a profanar su santuario íntimo a continuación.

El rostro de Berenice resplandecía, se retorcía...

El monarca, atrapado en la burda engañifa, convencido de que era el éxtasis lo que alumbraba sus facciones, incrementó la celeridad de sus acometidas desmañadas.

Entonces, las manos de Berenice volvieron a ejecutar movimientos exógenos que no iban destinados a satisfacer su hombría, sino que obedecían a un mero acto de autocomplacencia y vanidad.

Aquello era intolerable.

( "¡Su concubina se estaba acicalando el cabello!" )

Aquella osadía tan pueril y huera le enervó de tal manera que su faz se transfiguró adquiriendo el resplandor de un astro solar.

Hizo ademán de incorporarse con el fin de abofetearla hasta que su rostro pareciera un pergamino destrozado. Pero ella fue mucho más rauda... veloz como un ángel exterminador.

Las manos esmeriladas, pulcras, como de artista consumada en el noble arte del cincelado, surgieron tras la nuca de la esclava portando dos afiladísimos alfileres del grosor del dedo pulgar de un orangután.

En el rostro del monarca se dibujó una neta expresión de estupefacción, absurdo y sorna. Decía su expresión: "No pretenderás matarme con esos pinchos ridículos"

Su ademán preponderante y necio permutó inmediatamente cuando los ocultos adminículos se le hundieron en la yugular, abriendo un pozo sanguinolento tan bermejo como la capa que portara la esclava, tan caudaloso como el río Nilo...

Berenice, todavía con las letales dagas en las manos, arrojó fuera del lecho el cuerpo moribundo del monarca, como si fuera un odre de vino agriado reventado.

Vakhtang Gorgasali, exhalando sus postreros resuellos de vida, contemplaba en medio de una laguna rojiza en el suelo, revolcándose sobre su propia sangre, como su advenediza y artera concubina volvía a enfundarse en la capa roja de raso y abrazaba y colmaba de besos a la pequeña pordiosera de ojos de pantera herida.

Por un brevísimo intervalo de tiempo sus miradas se encontraron: monarca y concubina, en un duelo a muerte. Berenice sonreía dichosa. Habia derrotado al todopoderoso Vakhtang Gorgasali en su propio terreno.

En la mirada del rey alumbró las penumbras del desconcierto una certeza irrefutable: solo una madre abrazaría y besaría así a una hija, sólo una madre habría soportado un tormento tan infrahumano para dar la vida, si fuera necesario, por
una hija.

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Yuma
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Sexo:Esta usuaria es una Mujer

MensajePublicado: Jue Jul 26, 2012 12:43 am    Asunto: Responder citando

Bonita historia Victor. Pero subrayo el último párrafo ya que como madre me toca el alma
"En la mirada del rey alumbró las penumbras del desconcierto una certeza irrefutable: solo una madre abrazaría y besaría así a una hija, sólo una madre habría soportado un tormento tan infrahumano para dar la vida, si fuera necesario, por una hija"
Un abrazo.

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MensajePublicado: Jue Jul 26, 2012 1:27 pm    Asunto: Re: La concubina del rey Responder citando

¡Hola Yuma!

Muchas gracias por leerme. La historia es bastante dura, inmisericorde, incluso. Me alegro que la hayas disfrutado. Terrible experiencia la de Berenice, que, afortunadamente, puede reunirse con su hija engañando al tirano. Historias similares a esta pasan en la vida real en algunos países del mundo, donde las mujeres valen tan poco como el aire que respiran. Un abrazo

Yuma escribió:
[center][size=18][color=indigo][b]Bonita historia Victor. Pero subrayo el último párrafo ya que como madre me toca el alma
"En la mirada del rey alumbró las penumbras del desconcierto una certeza irrefutable: solo una madre abrazaría y besaría así a una hija, sólo una madre habría soportado un tormento tan infrahumano para dar la vida, si fuera necesario, por una hija"
Un abrazo.[/b][/cent[/size]er]
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