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Total y estrictamente platónico

 
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lunick






Registrado: 21 May 2009
Mensajes: 29
Ubicación: Argentina



MensajePublicado: Jue May 21, 2009 9:33 pm    Asunto: Total y estrictamente platónico Responder citando

Hola, yo soy lunick y soy nuevecita en el foro, así que les dejo este cuento para que ya me conozcan como la chica que escribe cursilerías xD
Este cuento en partícular me gusta mucho, porque me salió tal cual como quería que me salieran (¿acaso no odian cuando lo que escriben no les sale como quisieran?). Bueno y como estuve viendo y en su mayoría en este foro hay españoles les advierto que soy argentina y por consecuencia el lenguaje es un poco distinto, pero entendible, cualquier expresión que no entiendan me preguntan. Agradesco todo tipo de críticas.


Total y estrictamente platónico
- No, ni loca voy a hacer eso. – repitió por enésima vez.
- Bueno, entonces te vamos a dar otro desafío, que no vas a poder rechazar. – Vera asintió bufando, cualquier cosa era mejor que correr desnuda alrededor de la casa.
- Ya tenemos la prueba perfecta – dijo Cristina, con una sonrisa sospechosa en sus labios, no podía ser nada bueno. – Tenés que ir y besar a Jonathan por treinta segundos.
-¡NO! – maldita traidora, pensó.
Se lo tendría que haber dicho a Sofía, ella no se hubiera complotado en su contra y nunca hubiera revelado su secreto: que estaba perdidamente enamorada de Jonathan.
La mala noticia era que Jonathan era el mejor amigo de su hermano mayor, y le llevaba fácil unos quince años de diferencia. Todavía recordaba la primera vez que lo vio, cuando tenía trece, dos años atrás. Había venido a buscar a Tomás, su hermano, porque el auto del último estaba en el taller, y dado que trabajaban codo a codo, no le costaba nada llevarlo. Tomás en ese momento estaba dándole medicina para la fiebre a Matías, su hermanito menor que entonces tenía ocho años, así que le tocó a ella abrir la puerta. En cuanto lo vio no pudo decir ni una frase coherente, lo atribuyó a que era muy temprano en la mañana, pero la verdad era que él era demasiado perfecto (por lo menos ante sus ojos) para ser verdad. No era precisamente corpulento, pero tampoco era enclenque, no era demasiado alto comparado con el metro setenta que Vera ya medía, le llevaría un poco más de media cabeza. Tenía pelo negro azabache lacio casi hasta los hombros, que se veía obsesivamente peinado con gel para que se viera prolijo. Tenía rasgos fuertes, se podía decir eso, pero que se veían suavizados por sus ojos verdes y una sonrisa suave que parecía nunca abandonar su rostro.
Cada vez que se encontraban Vera se quedaba mirándolo como una idiota, esperando que él no se diera cuenta, y tenía la horrible costumbre de empezar hablar como cotorra y contarle cosas que a él por ninguna razón le interesaría saber. Pero en vez de ponerse incómodo o burlarse de su efusividad, él siempre hablaba con ella del mismo modo, formaba parte de su personalidad: era amigable por naturaleza y no tenía pelos en la lengua. Y eso a ella le fascinaba.
Llegó a esperar con ansias las ocasiones en que venía a cenar, o simplemente venía a la casa para conversar con Tomás, algo que con el tiempo se fue haciendo cada vez más frecuente. Y en esos dos años que lo conocía, habían llegado a ser muy buenos amigos. Y aunque ella deseara otro tipo de relación con él, con ser amigos le bastaba para ser medianamente feliz.
Eso fue, claro, hasta hacía tres meses. Cuando una algo vengativa ex novia de Jonathan incendió su departamento, muy mal que él debiera tres cuotas del seguro (otra cualidad de Jonathan es que es bastante distraído). Entonces Tomás, como el amigo fiel que era, le ofreció quedarse en el cuarto extra de la casa, el que antes perteneciera a su padre, quien había fallecido cuando Vera tenía nueve, dejándole dos niños a su cuidado a la joven edad de veinticuatro años. Y por siempre estaría agradecido con Jonathan por la manera en que lo ayudó a superar esta pérdida y así poder ser fuerte para sus hermanos.
Desde que se había mudado Vera tenía al mismísimo Adonis que podía ver pero no tocar a solo un pasillo de distancia. Un amor total y estrictamente platónico. Y ese hecho la volvía loca, por eso había llegado a confesarle sus sentimientos por el arquitecto a una de sus mejores amigas, Cristina.
Debería habérselo dicho a Sofía, se repitió una vez más cuando estaba frente a la puerta. Cerró los ojos e inhaló largamente antes de llamar a la puerta tres veces, rogó porque estuviera dormido, después de todo, eran las dos de la mañana. Pero no, él tenía sueño ligero y ella lo sabía. Le abrió la puerta, refregándose los ojos y bostezando al mismo tiempo.
- ¿Vera? – Dijo con voz ronca, ella se mordió el labio, no sabía cómo hacerlo - ¿Necesitas algo?
Finalmente se animó, cerró los ojos fuertemente, lo agarró del cabello bruscamente y se paró de puntitas para unir sus labios con los de ella. Los ojos de Jonathan se abrieron como platos, pero los cálidos labios de la niña que lo tenía aferrado se le hicieron muy dulces e irresistibles como para dejarlos pasar. Le tomó apenas tres segundos reaccionar y mover su boca con la de ella, cerrando los ojos para disfrutarlo mejor. Era algo torpe, pero lo encontró indudablemente tierno, y sintió como una corriente eléctrica lo recorría de la cabeza a los pies. Una chispa. La rodeó por la cintura y la atrajo más hacia sí. Lo que estaba haciendo era muy malo. Pero su conciencia estaba momentáneamente silenciada hasta nuevo aviso.
Trazó el contorno de sus labios con su lengua, y ella tímidamente lo dejo entrar. Era tan dulce, y se sentía tan bien entre sus brazos. La lengua inexperta de ella se encontró con la experimentada de él, y se fundieron en una lenta batalla por control. Jonathan gimió, y el sonido se quedó en su garganta cuando los dedos de Vera comenzaron a bajar delicadamente, como un rastro de mariposas, por su cuello, por sus hombros, por sus brazos, hasta sus manos, que la sujetaban por la espalda. Utilizó toda su fuerza para quitárselas de encima y se separó de él, empujándolo en el proceso.
Cruzó el pasillo en tres largos pasos, sin mirar atrás, donde Jonathan la veía marchar con la boca abierta y sin aliento. Cuando la adolescente cerró la puerta de un portazo se despertó de su trance y se metió dentro de su habitación, en la cual cerró la puerta y se apoyó en la misma, dejándose caer hasta llegar al piso. Entonces ella sentía lo mismo, se dijo a si mismo. Y si no lo sentía lo tenía que sentir ahora, se alegró momentos después.
Siempre había sido así, y él siempre se lo negaba a sí mismo. Primero trató de creer que era cariño de hermano. Pero aunque fuera hijo único sabía que los hermanos no deseaban besar a sus hermanas hasta perder el conocimiento. Entonces era simplemente una calentura, se convenció después. Él simplemente era un pervertido al cual le gustaba la hermanita de catorce años de su mejor amigo. Pero esa teoría no encajaba el hecho de que le encantara verla sonreír, o hacerla reír, su risa hinchaba su corazón, por más cursi que se oyera eso. O que cuando la veía llorar (sin que ella se diera cuenta) tenía el irrefrenable deseo de besar sus lágrimas y lastimar al idiota que la había hecho llorar. Y tampoco encajaba que cada vez que hablaba con ella el tiempo se le pasara volando y que pudiera hablar horas y horas de alguna estupidez como… zapallos.
Había una palabrita que mantenía en el fondo de su mente, encadenada para que no saliera nunca a la luz, para no permitirse siquiera pensar en esa posibilidad, estaba fuera de los límites. Podía fantasear con ella, podía querer pasar tiempo con ella y podía pasarse el resto del día llamándose a sí mismo un maldito degenerado. Pero lo que tenía prohibido era pensar en esa palabrita de cuatro letras, sabiendo que desencadenaría un millón de otros pensamientos que serían demasiado dolorosos como para afrontarlos. Pero esa palabrita se había liberado durante ese beso, se había liberado y la veía como un cartel luminoso enfrente de sus ojos. Amor. Sí, estaba perdida e irrevocablemente enamorado de esa chica. Y siempre había pensado que era total y estrictamente algo platónico. Pero ahora no estaba tan seguro de eso. Ya no podía estar seguro de nada.
Mientras tanto, Vera enfrentaba a sus amigas, quienes estaban chillando y cantando canciones cursis de amor a expensas de Vera.
- Acaban de arruinar mi vida. – les dijo, y se escondió bajo las frazadas, haciéndose la que dormía, cuando en realidad pensaba en el beso y se le hacían mil nudos en el estómago. Lo arruinaron todo.
A la mañana siguiente Vera bajó temprano a desayunar, no había dormido casi nada, no sólo porque sus amigas no dejaban de hacer ruido, sino también porque no sabía como comportarse frente a Jonathan de ahora en mas, pensó que lo más sencillo sería decirle que había sido todo un desafío y que no se haga ninguna idea al respecto. Pero para llegar a eso tendría que llegar a la parte donde lo podía mirar a la cara sin hundirse en su propio pozo de desgracia personal.
Jonathan ya estaba ahí, él directamente no había dormido. Se repetía una y otra vez el discurso que había preparado, uno de esos que solo se ven en las películas de Hollywood, una gran y pomposa declaración de amor. Estaba demasiado nervioso como para dormir. Estaba demasiado emocionado como para quedarse quieto. Y, cuando la vio acercarse a la mesa con la cabeza gacha y un intenso rubor en sus mejillas, se dio cuenta de que estaba demasiado enamorado como para recordar en qué año estaba. La observó, incapaz de decir palabra alguna mientras ella se servía un tazón de cereales con yogur.
Ella sentía su mirada clavada en ella, y se sentía todavía aún más mortificada de lo que ya estaba. Genial, pensó, en cualquier momento empieza la charla donde seguro que me va a decir que yo debo estar confundida porque él tal vez que se mostró muy amigable conmigo. Se sacudió esos pensamientos de encima y se sentó frente a frente con él, que no había tomado ni un sorbo del café que tenía en la mano, y que la seguía mirando. Se mordió el labio, estaba sonriendo, y pensar en su sonrisa le hizo pensar en sus labios, y pensar en sus labios la hizo desear besarlo de nuevo. Y eso no era bueno, porque seguro que era una sonrisa de lástima, estaba segurísima de que en ese mismo momento él sentía pena por ella. Después de cinco minutos (en lo cuales no pudo ni tocar su comida) Vera se agotó, y al parecer, fue en el mismo momento que Jonathan.
- Tengo algo que decirte. – dijeron los dos al mismo tiempo.
- ¿Qué se tienen que decir? – preguntó Tomás mientras entraba a la cocina. Los dos se quedaron callados, sin saber que contestar, hasta que Vera empezó a reírse, y Jonathan le siguió casi enseguida. Tomás frunció el ceño.
- Es que estábamos probando si podíamos hablar justo al mismo tiempo. – su hermano rodó los ojos ante su respuesta y Vera mentalmente se felicitó por el buen trabajo de haber salvado la situación.
- Bueno, yo me voy a prepararme. – dijo Jonathan al tiempo que se levantaba de la mesada de la cocina.
- ¿Prepararte para qué, si hoy es sábado?
- Prepararme para el día, siento como una capa de mugre que cubre mi cuerpo. Esa no es manera de pasar el tiempo libre de uno.- La manera en que lo decía a Tomás le sonó raro, pero lo dejó pasar, probablemente su mente le estaba jugando juegos.
Después de engullir su desayuno, Vera se sintió feliz de que su cuarto todavía estuviera lleno de quinceañeras, le daban la excusa perfecta para no quedarse a solas con Jonathan, pero solo le sirvieron por un par de horas, y luego del almuerzo Tomás se llevó a Matías a su partido de fútbol. Ella quiso acompañarlos, pero no la dejaron porque tenían que recoger a sus amigos en el camino y no iba a entrar en el auto. Malditos mocosos cuyas madres no manejan. Y fue así que quedó sola en la casa con el hombre del cual estaba locamente enamorada y con el cual había arruinado todo al besarlo por un estúpido juego. Entonces hizo lo que cualquier persona en su sano juicio haría en esas circunstancias: se encerró en su habitación.
- Vera, Vera por favor abrime. – gritó Jonathan por millonésima vez, pero no recibió respuesta. – Vera, voy a tirar la puerta abajo, y va a ser muy difícil explicarle el por qué de una puerta rota a Tomás. – Vera suspiró, resignada y se estiró para girar el seguro de la puerta.
Cuando entró, la vio sentada, hecha una bola sobre la alfombra, a la izquierda de la puerta. Cerró la puerta tras de sí y se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para que sus brazos se rozaran. Ambos se quedaron mirando un punto fijo en la pared, hasta que, transcurridos unos veinte minutos, Jonathan se inclinó y apoyó su cabeza sobre las rodillas de Vera, quien estiró las piernas para que estuviera más cómodo en su regazo.
Él la miró a los ojos y le sonrió con ternura, ella hizo lo mismo y comenzó a juguetear con su cabello negro. El arquitecto se quedó varios minutos observando a la muchacha. Era hermosa, por lo menos a sus ojos. Su cabello color arena siempre estaba inflado y reseco, pero le quedaba muy bien cuando se lo recogía en una trenza, como ese día, porque hacía lucir su rostro angular y su cuello largo y, seguramente, suave al tacto. Su boca era pequeña y de un tono rosa pálido, que iba perfecto con su piel blanca, realmente no le gustaba salir mucho al sol. En sus pómulos todavía permanecían algunas pecas, que la hacían parecer una niña, aunque sus ojos: dos pozos profundos color ámbar, y su cuerpo: ya casi totalmente desarrollado pese a la edad, la hicieran ver como una mujer.
Cerró los ojos y disfrutó de sus caricias, se relajó y recuperó temporalmente la capacidad de hablar como un ser humano normal.
- Te amo. – bueno… pero no como uno que piensa lo que dice.
Sus manos se paralizaron, y el aliento se quedó en su garganta. Él lo sintió y abrió los ojos, avergonzado. Pero vio que tenía lágrimas en los ojos, y se alegró. No por hacerla llorar. Sino porque no había salido corriendo horrorizada.
- Vera – susurró, incorporándose de tal manera que su rostro quedara a centímetros del de ella. – Vera, decime algo por favor.
Se quedó callada, pero sus lágrimas comenzaron a desbordar sin que se diera cuenta. Él llevó sus dedos a sus mejillas y secó cada una de ellas, sin romper el contacto visual ni por un segundo. Lentamente, una sonrisa se fue formando en la cara de la chica. El corazón del joven dio un vuelco.
- Te amo. – repitió y la sonrisa de ella se hizo más grande.
Le pasó los brazos por debajo de los suyos y se aferró fuertemente a sus hombros, él le rodeó la cintura y hundió la cabeza en la curva de su cuello.
- Yo también te amo. – fue simplemente un susurró apenas audible, pero no podría haber sido más verdadero aún si lo hubiera gritado a los cuatro vientos. La estrechó más fuerte mientras él mismo comenzaba a llorar.
- Mira en lo que me convertiste, estoy llorando como una magdalena.
- Me parecen tiernos los hombres que lloran.
- Me alegro, porque no quiero perderte.
Se abrazaron fuerte por un buen rato, cada uno pensando que si se soltaban todo esfumaría y sería solo un sueño. Y aunque luego se separaron, solo fue para acostarse en el piso uno al lado del otro, con las manos entrelazadas.
- Yo sabía que te amaba, pero no me permitía pensar en eso porque me lastimaba demasiado saber que lo nuestro era imposible, y que yo no era más que un hermano para vos. – confesó él en algún momento.
- Yo me derretía cada vez que me sonreías, yo no sé como nunca te dabas cuenta. – reconoció ella, más tarde.
- Estaba demasiado ocupado fantaseando como sería tenerte entre mis brazos y besarte hasta que te olvidaras de tu nombre.
- ¿Y como sería eso? – preguntó, tratando de sonar seductora, y si no lo logró, igualmente él no se dio cuenta.
- Bueno, podría darte una demostración.
Se acercó y presionó sus labios con los de ella, una, dos, tres veces, antes de capturar su labio inferior entre los suyos y luego hacer lo mismo con el superior. Agregó un poco más de presión y después trazó un rastro con su lengua, haciendo que ella abriera su boca y se encontrara con su lengua a medio camino. Siguieron besándose en ese ritmo lento y acompasado por lo que pudieron haber sido horas, hasta que finalmente él se retiró y sólo después de presionar sus labios rápidamente con los de ella una última vez, preguntó:
- ¿Cómo te llamas?
- Vera… pero estuviste cerca, con un poco más de practica…
Justo cuando él se acercaba nuevamente a ella, escucharon una puerta abrirse, y la inconfundible voz de Tomás gritó:
- Hola, estamos en casa ¿Dónde están todos?
Si había algo en lo que no habían pensado en toda la tarde eso definitivamente era Tomás, pero el tener que contarle la verdad era algo inevitable.
Jonathan se incorporó ágilmente y le tendió una mano a Vera, que la tomó de inmediato y se levantó de un salto. Antes de salir por la puerta se dieron un último beso fortuito y bajaron a recibir a la persona a quien le debían el haberse conocido, sintiéndose culpables por ocultarle la verdad. Pero, por el momento, no habría más revelaciones.
En ese momento sólo importaban ellos dos.
Fin


Lunick

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Nebuluz






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MensajePublicado: Vie May 22, 2009 4:10 pm    Asunto: Responder citando

Uau!!!
Me ha encantado!!!
Está muy bien relatado, salvo algunas pequeñas cositas que se pueden limar, pero no son importantes.
Me gusta la descripción detallada de los hechos, los detalles sin exceso de palabras.
Y mi corazoncito romántico ha estado durante todo el relato saltando como si fuera los protagonistas!! jaja
Espero tu próximo relato, guapa!!

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